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Cap. 9 Unidos por la tormenta..

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Al llegar a su trabajo, dio las gracias a Roberto. Él hizo un guiño y sonrió deseándole suerte. Esperó en el coche. Vio como ella corría dando zancadas. Así iba sorteando los charcos que se encontraba en su camino. Llevaba su cartera de piel abrazada contra su pecho y el paraguas asido con una sola mano. La gabardina le daba un toque femenino muy desafiante y actual, rompía con la tónica general en la forma de vestir de allí. La cascada de su pelo le caía sobre la espalda con un recogido a la altura de la nuca. Antes de entrar, agitó su mano para despedirse de él. Fue entonces cuando Roberto se alejó.

Esa mañana tenía que vacunar un rebaño de ovejas, y tal como se presentaba el día, iba a resultarle algo más costoso hacerlo. Estaría todo lleno de barro, los animales algo nerviosos por la tormenta. Se movían más, hacían más ruido y era más complicado vacunar y hacerles el chequeo general. Pero aunque todo eso complicaba los trabajos, los lugareños, cuando llovía mucho, transmitían alegría. Todos pensaban que era una bendición. Los pastos verdes, el río rebosante de vida, las cosechas maduras. El lugar parecía brillar después de un baño de lluvia. Esplendoroso, adornado por los destellos que desprendían cada una de las gotas de lluvia, pinceladas de distintos verdes –todos ellos intensos, salvajes-.

Cuando llegó a la finca salió a saludarle el dueño, era conocido suyo. Entraron a la nave y dejó sobre la mesa su nevera – en ella contenía la totalidad de las vacunas que necesitaba- y el botiquín.

Comenzaron a sacarle las ovejas de una en una. Les miraba ojos, dientes, oídos, patas, vientre. Y por último les inyectaba la vacuna. Como él imaginaba, todo iba más lento por las complicaciones que derivaban de la tormenta. Hizo un alto para tomarse un bocadillo con el dueño y escuchar detalles sobre la marcha de su negocio. Era uno de los más prósperos ganaderos. Un hombre hecho a sí mismo y porqué no decirlo, con algo de suerte a sus espaldas. Sabía moverse en su terreno, conocía un buen ejemplar de lejos y era capaz de ponerle las pegas y dudas necesarias para que el precio de venta se lo redujesen. Pero vendiendo era un mago, nadie sabía cómo lo hacía. Hasta los defectos de su ganado parecían virtudes, era increíble. Roberto lo escuchaba siempre atentamente. Era el alcalde del lugar y también tenía ideas muy suyas. Lo extraordinario de ese hombre era la capacidad de absorber las cosas nuevas. Se negaba a defender siempre lo mismo, por el mero hecho de ser lo tradicional. Escuchaba a todo el mundo con interés, siempre decía que todos y nadie llevaban la razón y que hasta los libros se equivocaban. Sus ojos transmitían firmeza y sosiego. Hablaba con rotundidad y se tomaba su tiempo para hablar.

La tarde se hizo larga… debido a los esfuerzos que arrastraban. No obstante, rieron bastante con algunos de los temas que tocaron. Entre ellos las peticiones al ayuntamiento. Su espíritu era abierto y sincero. Caía en general bastante bien. No era la primera vez que había salido elegido alcalde del pueblo. Cuando hablaba con alguien, y le daba consejo, su desparpajo daba la impresión de que iba dirigido a resolver personalmente la duda que le había sido planteada.

Cuando acabaron, se dirigió a Roberto para invitarlo a tomar una copa en casa y abonarle el importe de la vacunación y examen de los animales. Pero Roberto, mirando la hora, se dio cuenta de que Alicia salía en diez minutos y que llovía mucho. Se excusó y salió corriendo hacia el coche. De camino a recogerla, se dio cuenta de lo impresentable que iba, pero….no podía acercarse a casa para al menos cambiarse de ropa.

Paró frente a la empresa vinícola De robles. Se quitó el chaleco para intentar mejorar su aspecto pero… no lo consiguió. Ese olor era penetrante….desagradable. Vio salir a Alicia acompañada de alguien de la empresa e hizo ademán de irse, pero ella lo vio y lo saludó. Se despidió de su compañero de trabajo y se acercó al coche.

- Me acercas a casa, ¿no?
- Eso está hecho. Sube, pero no te asustes. Si me arreglaba no llegaba a tiempo de recogerte.
- La verdad es que estas irreconocible, jajajaja… -unas ganas imperiosas de abrazarle se adueñaron de ella. Estaba algo cortado y sonreía. El olor era espantoso y no pudo evitar reírse y echarse las manos a la boca-.
- ¡Menudo aroma! – esgrimió Roberto-.
– Seguro que no te ha pasado por la cabeza ligar conmigo, jajajajaja…
- Bueno, creo que como adivina no tienes mucho futuro...-. Sonriendo por lo que acababa de decir, arrancó el coche y se dirigieron a casa de Alicia.

Cuando entraron más que una casa, parecía un criadero de caracoles. El olor a humedad en el piso inferior, era intenso, y arriba el agua en el techo formaba manchas que desde sus entrañas parecían parir gotas de forma ilimitada…

Se desanimó mucho, no podía seguir así. Tal vez tenía razón Sergio y todo era una locura. En tierra de nadie, en una casa devorada por las humedades…. ¿qué necesitaba demostrar o demostrarse?

En ese momento, él se acercó y le dijo que todo tenía solución.

- Mira, no te molestes… Eso me pone más nerviosa todavía. Necesito pensar… De momento buscaré un sitio para dormir. Supongo que para preguntar no hay ningún sitio mejor, ¿no?
- Tengo una sorpresa para ti Alicia. Recoge algunas cosas y vente conmigo. Quedan opciones, al menos, de momento, creo que puedes salir del apuro. Pero decides tú. Esta noche duermes en mi casa si quieres –todo salió de golpe de su boca, como si de una ametralladora se tratase y después paró en seco. Como si necesitase conocer la reacción de ella de inmediato-.

Alicia tenía una enorme lucha en su interior. Lo miraba y quería irse con él, por otro lado tenía miedo de precipitarse. Eran demasiadas las cosas nuevas, no pisaba nada concreto. Le parecía sentir todo en el aire, pero esa sensación de adentrarse en cosas nuevas la hacía sentirse cómplice de su propia vida. No una autómata.

Se sentía dueña de su vida, la que establecía la dirección. Además… quería saber qué había despertado Roberto en ella.

No perdía nada, si ese camino era equivocado tenía tiempo de volver a Madrid y seguir bajo la atenta mirada de sus padres, de su novio –aunque el tema de Sergio, de alguna forma, sabía que estaba herido de muerte, podría ir ahorrando para comprar muchas cosas inútiles…-. Era evidente que estaba aburrida de su anterior vida. No ocurría nada. Todo estaba pensado, planeado pero no por ella si no por los demás. Eso era lo que la había estado apagando, por eso quiso salir y ver las cosas desde fuera. ¿Iba a rendirse en cuatro días? No, por supuesto que no estaba dispuesta a volver portando como equipaje la derrota.

- ¿Sabes? Te voy a coger la palabra. Esta noche dormiré en tu casa.
- No es necesario que te diga que me alegra mucho que vengas. Hoy… y las noches que sean necesarias hasta que encuentres algo que te guste.
- Pero… tengo que recoger…
- Te ayudo. Tienes pocas cosas.

Pasada media hora, los dos subieron en el coche llevando todo su equipaje. Al llegar a casa de Roberto ella se notaba muy nerviosa. Pensaba que era una locura. Además… la tormenta se había hecho más intensa. Los truenos retumbaban en la casa. El cielo daba la impresión de estar enfurecido, un cataclismo de rayos lo iluminaba de rojos, azules y blancos. A veces… parecía inyectado en sangre.

Todo ello contrastaba con lo que la rodeaba entre esas paredes. Roberto entraba con leña para encender la chimenea. Su aspecto desaliñado y su olor no le quitaban el encanto que siempre había visto en él. Era muy pausado cuando hacía las cosas. Fue colocando la leña de forma ordenada, con mimo. Más tarde le prendió fuego.

- Alicia, voy a ducharme para quitarme el complejo de borrego, jajajaa. ¿Pones música mientras me ducho? Tengo una sorpresa…
- ¿Me vas a dejar así?
- Es que estoy muy incómodo, dame un instante.
- Perdona, lo entiendo… ¡pero no tardes! Si se va la luz me dará algo…

Roberto asintió con la cabeza y quitándose las botas subió las escaleras. Iba feliz, se sentía raro. Notaba la casa llena de vida, con alma. Siempre había pensado que reírse solo ante una película era ridículo. Llevaba mucho tiempo dándose aprobados por lo bien que vivía, por su tranquilidad… -tal vez demasiada-, por todas aquellas cosas que le gustaban. Pero necesitaba compartir todo eso. Provocar risas, o quejas, sentir lo que llega a través de una caricia. Participar de cosas distintas a las habituales. Sentir que intentaban convencerlo de algo, convencer a su vez… Quería oír algo más que el eco de sus pisadas por la casa.

Se despojó de la ropa sucia y comenzó a ducharse. Estaba inquieto por haber dejado a Alicia sola. Cuando acabó se sintió completamente relajado, a gusto y su necesidad de comer era mayor.

En ese momento se fue la luz. En medio de la oscuridad salió del baño y tanteando llegó a la cama donde tenía el pantalón de estar por casa, se lo puso y comenzó a bajar las escaleras:
- ¿Alicia? ¿Estás bien?
- Sí, menos mal…

Allí estaba, sentada en un almohadón frente a la chimenea. Sus maletas habían quedado en la entrada del salón. Una de ellas estaba abierta. Parece que Alicia también había aprovechado para ponerse ropa más cómoda. Delante de la chimenea y rodeada de oscuridad su contorno rezumaba sensualidad. Enseguida intentó evitar ese tipo de pensamientos y se acercó a un cajón donde guardaba las linternas, velas, pilas… y cogió dos linternas.

- … pensaba darte la sorpresa primero, pero como tengo mucho apetito… la posponemos unos minutos
- Lo sé. Mejor come. Me he tomado la libertad de preparar unas cosas en la cocina antes de que se fuese la luz. A ver si he acertado…

Roberto avanzó y vio una tortilla francesa y una pechuga de pollo a la plancha que olía genial. La ensalada tenía un colorido que parecía salido de un anuncio televisivo. Mezclaba rojo, verde, violetas, amarillos y fucsias.

- Gracias Alicia. ¿Te hace una copa de vino?
- Claro que sí, beber para olvidar… jajaaja
- No seas exagerada.
- ¿Por qué brindamos?
Roberto, después de pensárselo dijo: ¡Por mi deseo de que te guste la sorpresa!
- Claro.

Los dos rozaron sus copas y bebieron un trago. Él repartió la cena y se llevó los platos hacia el salón. Sacó del cajón dos velas y encendidas las colocó encima de la mesa. Ella utilizó todas sus artimañas durante la cena para preguntarle sobre el contenido de la sorpresa. Todo eso provocaba enormes sonrisas en él. A medida que iban acabando la copa se notaban más desinhibidos y espontáneos. Se sirvieron otra copa y se encaminaron hacia la chimenea.

Las llamas bailaban al ritmo crepitante de los troncos. Iluminaban con su magia ese escenario que permanecía guarecido de las fauces de la tormenta. Hechizaba escuchar como la lluvia golpeaba la ventana con sus mil dedos. De vez en cuando la habitación quedaba iluminada por los rayos y los dos se callaban esperando el estruendo del trueno y se reían. Pero en una de esas ocasiones el rugido fue tan fuerte que daba la sensación de que la casa no lo aguantaría.

 

 Alicia se precipitó hacia Roberto por instinto. Se encontró con el tipo de abrazo que había fantaseado. Era cálido, delicado pero firme. Tenía el poder de aniquilar vacíos. Hubiese deseado alargar ese momento, pero… se suponía que el susto había pasado. Se desprendió de su cuerpo y comentó la agresividad de los rayos y truenos. Él asentía añadiendo que era una tormenta eléctrica y que entrañaban peligro. Sobre todo en zonas rurales. Pero tener a Alicia cobijada en sus brazos le había dejado una sensación de plenitud que se iba difuminando al alejarse…

Empezó a darse cuenta de que, hasta que no se encuentra lo que se busca no se puede echar de menos. Puede que más o menos, soñemos con un molde ideal, pero… eso es fabricar sueños.

 

23/05/2008 18:23 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap. 8 Un martes gris..

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A la mañana siguiente, la cafetería estaba repleta de lugareños. Había llovido mucho y el cielo era de un gris plomo. Todos los paraguas se agolpaban a la entrada. El aroma del café se intuía como una forma de afrontar la fría humedad que reinaba en el ambiente.

Roberto aguardaba en la barra la entrada de Alicia, pero no llegó. Charlaba con Mamen, los dos pensaban que la lluvia en aquél lugar era como una campanilla de aviso de reunión. Tenía poder de convocatoria. Era una reunión organizada de forma espontánea.  El barullo de todos, diciendo si era bueno o malo para el campo. Si iba a durar mucho o poco. Si iba a caer de modo torrencial o tranquilo. Si eran nubes vagas o de descarga….

Él se quedó mirando la taza mientras la bordeaba con sus dedos como si fuese a proyectar un molde de la misma. Tenía un aspecto parecido al que tiene la persona que mira las cosas desde fuera pero intentando descubrir lo que ocultan dentro.
Poco a poco la hora del desayuno fue perdiendo su intensidad. Roberto comenzó a despedirse de Mamen y se subió las solapas del abrigo antes de salir. Era un día  desapacible. El agua caía con fuerza, abatida por el viento.
Enseguida, surgió la alarma en él: ¿Cómo habrá llegado Alicia? Entra dentro de media hora a trabajar!!!!

Se dirigió hacia su casa y la encontró con un pequeño paraguas que se había girado con el viento. Esa escena consiguió forjar en él una enorme sonrisa y de modo rápido hizo sonar el coche.
Alicia lo miró e hizo un gesto de agradecimiento con el rostro.
-Menos mal Roberto!! Ya me veía despedida!!
-Tranquila, jajajaja… aquí no se despide tan rápido mujer!! Te acerco con la velocidad del sonido. Pero, déjame que te invite a un café.
-Te lo agradezco, pero no puedo. Tengo que dejar unos documentos en recepción.
-Bueno, no pasa nada. Más tarde, vale?
-Vale, vamos!
Llevas todo?
-sí, sí…

Roberto arrancó con el coche alejándose de la casa de Alicia. De nuevo comenzó a llover de forma virulenta.
Alicia miraba de inquieta esa forma de caer el agua y veía -a través de la ventanilla del coche- cómo se formaban enormes nubes oscuras. Su cara estaba además de pensativa, muy triste.
Se debatía entre seguir con su nuevo mundo y tirar la toalla. Había tenido una enorme discusión con Sergio. Ella lo había llamado muy nerviosa. Le contó que tenía la casa llena de agua, que había muchas goteras y que estaba durmiendo en el sofá. Su cama se había mojado.
Pronto él aprovechó para hinchar pecho y decirle que menuda tontería irse así. Que esas eran las consecuencias de hacer locuras. Que le venía bien como lección. Que ya podía regresar a su casa, que es dónde debía estar.


Cuando le comentó a Roberto todo lo que la preocupaba, la reacción fue diametralmente opuesta. Lanzó una enorme carcajada y le dijo:
-Vaya!! Vas a tener que dormir conmigo hoy… jajajajaja.
Mira, de verdad, no te preocupes de nada. Entre todos te conseguimos algo, te lo prometo. De momento quedas invitada a pasar la noche en mi casa y no por eso quedas obligada a pasarla conmigo.
 
Además, ocultaba una sorpresa para ella. Desde que Alicia visitó la buhardilla-, había ido incorporándole cosas  con mucha ilusión. Todo el tejado había sido rehabilitado años atrás, tenía unas bonitas ventanas grandes. Sin saber porqué... Roberto, poco a poco, había limpiado todo. Bueno… sí sabía lo que le impulsaba a hacer habitable la zona de arriba. 
Ella era el motivo. Se había enamorado de la buhardilla y el primer piso de  su casa estaba repleto de goteras. Por eso se sintió ilusionado, tal vez, esa personita entrase y saliese de su casa a diario, puede que iluminase con su inquietud cada rincón de su armónica vida en solitario.

Era inquieta, preguntona, tenía genio, mil miedos, y un legado impensable de espontaneidad, unas veces quedaba exteriorizado con una  amplia sonrisa, otras con un marcado pliegue de ceño. A medida que  pensaba todo esto, había subido un sofá de la salita  y una camita de uno de los dormitorios. También había colocado un aparato que servía para llevar la música a otras habitaciones. Introdujo dos estanterías para libros y una pequeña televisión. La buhardilla disponía de lavabo y había mandado llamar a un fontanero de allí, muy amigo suyo, para que instalase un pequeño aseo. Fue subiendo pequeños detalles a ese rincón de la casa: una pequeña mesa redonda, una alfombra que le habían regalado -era de borrego- Tenía una pequeña nevera que almacenaba en el garaje y que funcionaba muy bien. Tuvo que comprar otra porque se le quedó pequeña para almacenar las vacunas. También decidió subirla. Así Alicia si alguna vez tuviese que quedarse se sentiría más cómoda e independiente.
  El albañil también había sido avisado para abrir de nuevo la salida de la buhardilla por la parte trasera de la casa. Eso le daba independencia y… alegría.

Alicia parecía sentirse aliviada por esas palabras. Realmente le apetecía pasar la noche a su lado. Estaba cansada de hacer todo lo que se consideraba correcto. Bien pensado, llevaba mucho tiempo sin desear a Sergio.
En cambio, con él, le costaba trabajo acercarse y mantenerse distante. Le gustaban su olor, sus manos, su mirada, la forma de hablar, de abrazar, y aunque su optimismo la ponía de los nervios, no podía evitar encontrarse increíblemente bien con él. Siempre había odiado a las personas derrotistas….También sabía que ella encajaba con el tipo de chica que a él le gustaba. Pero todo se le echaba encima en ese momento: Sergio llegaba el Viernes, la casa se le hundía ante su ojos, Roberto la atraía demasiado y para colmo es posible que tuviese que pasar la noche con él, en el trabajo aún no controlaba….

Realmente, la casa era lo que menos la preocupaba. Sabía perfectamente que contaba con una habitación en casa de Roberto. Pero Sergio… , su visita no le apetecía nada. Sabía sobradamente que llegaría echando una ojeada y la miraría como si fuese una niña que se ha equivocado y a la que hay que dejar que cometa errores para después decirle: Ves? Si no haces caso las cosas salen mal.
No, no era lo que ella quería, ni lo que necesitaba, ni lo que sentía. Se veía fuerte, allí la veían independiente, se sentían a gusto con su presencia, y esa sensación de complacencia era mutua, se sentía plenamente integrada.
Se puso a pensar, y se dio cuenta de que tenía que reunir el valor suficiente para llamar a Sergio y pedirle que no fuese hasta que no estuviese organizada. –Realmente ella pensaba en la organización de su mente, no en la de la casa, pero no era eso lo que escucharía su novio. Necesitaba ganar tiempo. Demasiadas cosas nuevas, sentimientos alborotados, un instinto muy despierto y confuso… quería controlar todo eso antes de decidir lo que iba a hacer.

23/05/2008 18:12 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap.7 De Robles...(Autora kamala)

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Estaban muy involucrados en la charla hasta que se dieron cuenta de que era la hora de irse a trabajar. Alicia con decisión abonó el importe de la consumición y aligerando el paso se despidió de ellos mencionandoles lo nerviosa que estaba. Cuando se iba alejando hacia la puerta, su figura se dibujaba firme, esbelta y a la vez cargada de fragilidad. Tenía movimientos muy armónicos  y sonreía de un modo abierto. Lo que atrapaba a Roberto era el modo que tenía de interrogarlo con la mirada: Clavaba sus ojos en él y parecía estar hurgándole en sus pensamientos...

Al cerrarse trás ella la puerta del café aligeró el paso hacia su nuevo lugar de trabajo. Iba ensayando mentalmente esa primera toma de contacto con todos. Se colocaba el cabello con sus manos y respiraba con profundidad. Pronto llegó a la empresa. Tenía una apariencia compacta, muy lineal, clásica. Los colores grises, lo que le daba algo de información de los dueños. Serían poco vanguardistas, dinero viejo- pensaba ella mientras llamaba a la puerta.

En el recibidor había una señorita sentada tras su escritorio. Era una sala bastante grande e iluminada. A ambos lados y pegados a la pared, había sofás individuales para que los visitantes pudieran esperar relajados. La centralita tenía forma de abanico y abarcaba toda la parte izquierda. La derecha estaba ocupada por una gran escalera que daba al piso superior. En las paredes colgaban cuadros de viñedos, botellas de vino y bodegas. Algo propio del lugar.

Se acercó a la señorita para darle sus datos. Mientras la joven tecleaba rápidamente en su ordenador, Alicia observaba atenta lo que la rodeaba. Se encontraba algo nerviosa, porque aún no conocía a su jefe. Vio que la chica hacía una llamada de teléfono, y sin darle tiempo a sentarse a esperar, apareció un señor mayor bajando la escalera.

Su aspecto nada tenía que ver con la imagen que Alicia había perfilado en su cabeza. Pensó que sería un señor con mirada severa, fundido en un traje caro, cincuentón canoso pero atractivo y con cierto aire altivo. Pero lo que se encontró fue la imagen opuesta. Se trataba de un señor muy entrañable, con andares lentos y algo encorvado. Parecía tener ya los sesenta años, pero lo ocultaba muy bien bajo su sonrisa. Desde que se asomó por la escalera no lo había dejado de hacer. Alicia lo observaba porque siempre le llamaba la atención la manera de comportase de las personas. No le gustaban los hipócritas que la sonreían por ser una chica joven y guapa, pero tratar de forma maleducada al resto. Su jefe se mostraba tan encantador con ella como con la secretaria.

Enrique se aproximó a Alicia tendiéndole la mano. Su expresión de buena persona la enterneció. Eso le hizo reducir sus nervios, porque lo que veía, le daba confianza. Por el momento, todo lo que había encontrado en su camino le gustaba. Parecía que las cosas salían bien por si solas. O a lo mejor era porque cuando llegó a Asturias no esperaba nada, es decir, que se dejó sorprender, no había puesto ningún empeño en nada especial y dejaba que la vida surgiera, sin planificar. No se había imaginado un trabajo ideal, quiso esperar a ver qué se encontraba. No quiso pensar que haría magníficos amigos, pero alguno ya había encontrado. Ni quiso pensar que tendría problemas con su casa, por eso tal vez no se había tomado muy mal el pésimo estado en el que se encontraba. Estaba contenta porque las cosas le estaban saliendo bien con ese pensamiento optimista.

- ¿Alicia? –le dijo tendiéndole la mano-.
- Sí, soy yo. Encantada –respondió-.
- Igualmente. ¿Qué tal en Asturias? Venías de Madrid, ¿verdad?
- Sí, llegué en el fin de semana, y no he tenido ningún problema para adaptarme. Ésto es precioso.
- Sí, lo es. Y a quien no lo conoce, le sorprende tanto verde jajajaja –era muy risueño y sus carcajadas, sonoras-.

Le comentó a Alicia que aquel día no harían nada, sólo se iba a limitar a enseñarle la empresa. Aunque su trabajo se iba a desarrollar en un principio en el laboratorio, Enrique quería que lo aprendiera todo, desde la plantación y recogida de la uva, hasta el almacenamiento y embotellado. La venta posterior del vino, le preocupaba menos. Siempre había pensado que el mejor enólogo era aquel que se había involucrado en cada parte del proceso. Él incluso empezó recogiendo uva con sus propias manos. Así era como alguien tomaba conciencia de la importancia de cada paso. Un fallo en un momento dado podría ser clave y echar a perder todas las propiedades de un buen vino y de los siguientes que partieran de él. Y no quería que eso ocurriera con los que él fabricaba.

No descartaba la posibilidad de que Alicia, más tarde, aprendiera otras cosas o que dejara el laboratorio. Quería llevarla a los viñedos para que viera con sus propios ojos lo que allí se hacía. Ahora era buen momento, porque se estaba recogiendo la uva. Mientras se montaban en el coche para ir a las plantaciones, Enrique le contaba que la época en la que se recoge la cosecha, era entre finales de septiembre y el mes de noviembre. Que había muchos tipos de uva. Unas eran destinadas para la elaboración del vino, otras para mosto o incluso para el consumo en mesa. La diferencia entre una y otra clase de vid residía en su contenido en azúcar y en su aroma.

Alicia escuchaba atenta toda la explicación. No sólo por que ahí desarrollaría su futuro, si no porque le resultaba un tema muy interesante. Siempre le había llamado la atención el vino, pero en muy pocas universidades españolas se podía estudiar como carrera. Ampliar sus conocimientos en este terreno lo podía hacer mediante algún máster o metiéndose de lleno en una empresa como en la que estaba.

Siguió con su explicación. Al llegar le comentó a Alicia que había tenido que cultivar parte de la uva en invernadero. La variabilidad del clima era nefasta para la vid. Si llovía mucho, la maduración de la uva daba lugar a cepas más ácidas de lo normal. La sequía, por el contrario, hacía madurar antes, dando vinos más dulces. La función del agua por tanto, era un factor importante, ya que tiene que ver con una óptima maduración que asegure una buena relación entre el azúcar y el ácido contenido en la planta.

Enrique se quedó en silencio un rato antes de seguir. Se quedó mirando sus viñedos con la mirada perdida. Se sentía a menudo frustrado por el tiempo. No podía hacer nada para que todas las condiciones fuesen favorables. Le superaba tener que coger uvas del invernadero para hacer sus vinos, era una clara diferencia en el sabor, en el aroma... prácticamente en todo, para él. En esos casos no probaba ni un vaso de su propio vino. Pero no hizo partícipe a Alicia de estos pensamientos.

La acercó a la bodega. Era espectacular, un espacio inmenso. Recogiendo la uva pudo ver muchos trabajadores, pero en la bodega sólo había uno, Máximo. Se saludaron con la mirada. Enrique les presentó mientras comprobaba la temperatura de las barricas, por eso no pudo darle la mano.

- Este hombre te enseñará todo lo que tienes que saber sobre la crianza del vino –dijo Enrique-.

A solas le pidió a Alicia que no menospreciara la sabiduría de Maxi –así era como lo llamaba todo el mundo-. Aunque era un hombre de campo que no tenía estudios, había dedicado su vida al vino. Y además de ser un amigo para él, era la persona que más conocimientos poseía sobre enología.

Enrique no le dio más explicaciones sobre la crianza, y ella lo sintió mucho. Estaba siendo un profesor estupendo, aclarándole a cada momento las dudas que le surgían. Sólo le mencionó de pasada que la madera con la que estaban echas las barricas, era de roble. De ahí su nombre “Vino De Roble”, y casualmente coincidía con su apellido. A él le gustaba presumir sobre eso. Decía que desde que nació estaba destinado a ese trabajo. Nadie lo podía negar.

Durante toda la mañana siguieron juntos. Tomaron una café en la bodega, rodeados de vino. Las barricas se encontraban almacenadas en la parte inferior. Era importante conservar la temperatura durante la crianza. Pero en el piso superior había una barra de bar donde un camarero daba a probar el vino a todo el que se acercaba. Era algo cotidiano el que llegaran gentes de muchos lugares para estudiar el trabajo de la vid. Incluso se organizaban excursiones para turistas extranjeros que atendían entusiasmados las explicaciones de Maxi, pero más pendientes del vino que más tarde les ofrecerían.

Cuando terminaron, Enrique quiso hacer la última parada en el laboratorio. Quedaba en un edificio cercano a la bodega, pero aislado. Allí tendría que estudiar que las propiedades del vino fueran buenas, que estuviera en perfectas condiciones antes de salir al mercado. Como además era la única empresa en la región que se dedicaba a la calidad de vino, le llegarían muestras de otras partes de Asturias para su análisis. La legislación era muy rigurosa, y no cumplir las normativas podría significar un problema grave.

Al llegar al laboratorio era como lo había imaginado. Un espacio rectangular con una encimera grande en el centro. Los instrumentos estaban distribuidos por ella y el material cuidadosamente colocado en sus vitrinas. Los reactivos necesarios se disponían en unas baldas colocadas en la parte central de la encimera. Pero los más peligrosos o los que requerían condiciones especiales, estaban en armarios alejados de la luz.

De una salita adyacente, apareció un chico joven, de unos 28 años. Enrique le presentó como el analista que le ayudaría a preparar los análisis. Ella sería el cabeza pensante, y él quien se ocupara de llevarlo a cabo. Su nombre era Pablo.

Después de un rato de charla sobre lo que harían en el laboratorio, se despidieron hasta el día siguiente. Sus primeros pasos allí se iban a basar en la búsqueda de los mejores procesos de análisis para que fueran lo más económicamente rentable posible a la par de dar resultados cuantitativamente razonables.

Enrique llevó a Alicia hasta su casa, porque sabía que no tenía coche todavía. Era algo que iba a necesitar porque el laboratorio no estaba cerca. Podría ir en bicicleta, pero no se lo recomendaron, pronto empezaría a hacer frío y con la lluvia todo se encharcaría, impidiéndole el paso.

Una vez en casa, le dio tiempo a pensar en todo lo que había aprendido, y lo mucho que le iba tocar trabajar. Pero se sentía contenta, le gustaba mucho la enología y el ambiente que se respiraba en toda la gran empresa, le había animado. Todos parecían a gusto con lo que hacían y por cómo les trataba Enrique.

Se dio una ducha para relajarse. Después se preparó algo de comida, todo el paseo le había abierto el apetito considerablemente. La tarde la tenía que dedicar a comprar. Al fin era lunes y las reservas que le había llevado Roberto se empezaban a agotar. Y también sería buena idea hablar con la casera para tocar todos los puntos negativos que había visto en la casa.

Se tomó un café rápido antes de salir de casa, pero mientras lo hacía se leyó unos papeles que le había dado su jefe sobre algunos análisis y referencias bibliográficas que le serían de ayuda, por eso se le hizo algo tarde, y cuando se dio cuenta de la hora que era, se marchó rápidamente al súper. A la vuelta se encontraba tan cansada, que decidió dejar lo de su casera para el día siguiente.

Acababa de terminar de meter la compra en el frigorífico cuando se desplomó cansada en el sofá. En ese instante, sonó el teléfono.

-¿Alicia? Soy Roberto…
-Hola, qué alegría… mira que tengo cosas que contarte.
-Ah, ¿sí? ¿Quedamos a tomar un café?
-La verdad, es que estoy rota. Creo que necesito una cura de sueño. Mi mente y mi cuerpo llevan mucho tiempo desbocados.
-De acuerdo, tranquila. Entiendo lo que me quieres decir. Nos vemos mañana entonces. Eso sí… no tienes más remedio que decirme qué tal ha ido todo en tu lugar de trabajo.
- Sé que es pronto para decirlo, pero me he sentido muy arropada.
- No sabes lo que me alegra oír eso. Esa fue mi primera sensación al llegar aquí, creo que es buen síntoma… pero nadie mejor que tú para decidirlo.
-Claro! Jajajajjaja. Nadie mejor que yo.
_Nos vemos entonces.
-Nos vemos.
-Una cosa Alicia… hoy no sé porqué te he echado de menos. Debe ser que hablas mucho y hoy estaba todo en silencio.
Roberto, siempre que decía algo serio o significativo para él, se reía después. Tal vez para quitarle solemnidad a sus palabras, puede que para que el contenido de lo que había dicho no sonase tan intenso en los demás como en él. Le gustaba mojarse en las conversaciones pero luego era un maestro escapista, era posible que obedeciese a cierto grado de timidez o de introversión. A Alicia le parecía muy graciosa esa forma de ser, incluso le despertaba un instinto de protección que no sabía explicar muy bien.
Mil besos!
Los dos colgaron muy despacio y se quedaron mirando el móvil en silencio con el rostro pensativo.


 

23/05/2008 18:01 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap. 6 Un extraño desayuno...

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Por la mañana temprano. Se despertó y decidió llamarla para invitarla a tomar un café, pero pensó que eso podría agobiarla. Que pensaría que él se estaba creyendo cosas raras… etc…. Por ello abortó de modo casi  automático el pensamiento. Se vistió y se acercó al café.

 

Dio los buenos días a dos lugareños que tomaban café y copa allí y le cucó el ojo a Mamen. Se acercó a la barra y medio dormido pidió un café cargado y un pincho de tortilla.  Todo estaba muy tranquilo a estas horas de la mañana.

 

 

Roberto tenía la taza de café entre sus manos y le mencionaba a Mamen que se encontraba algo destemplado. Ella le escuchaba intentando aparentar indiferencia, pero a veces no podía ocultar la ternura que le inspiraba alguien como él. No podía ser indiferente con alguien que la había escuchado de forma tan desinteresada. No podía ser indiferente con alguien con quien había compartido tantas risas en el local. Alguien que cuando la había visto muy agobiada la había ayudado en el cierre: a recoger mesas, a limpiar la barra, a colocar vasos, a cerrar y acercarla a casa. Alguien que le había bajado a la niña al médico cuando ella trabajaba. Alguien que siempre la había animado.

 

Es posible que… le hubiese gustado ver en él, alguna vez… una mirada apasionada, una mirada encendida solo por el mero hecho de tenerla en frente, de sentirla cerca. Él parecía desechar la existencia de que pudiese germinar  algo más entre ellos. Nunca había conseguido convertirse en su sueño.

 

Justo cuando iba a acercarse a él para hacerle una carantoña entró Alicia por la puerta. Entonces Roberto hizo un gesto increíblemente bonito, se levantó y acercándose a ella para ayudarla con el abrigo le dio un beso. Ella sonrió y se sentó a su lado en la barra. Saludó a Mamen y pidió otro café. Estaba algo nerviosa por ser su primera vez. No había trabajado nunca, y para colmo, encima de estrenarse, lo hacía a cientos de kilómetros de casa.  Hablaban de lo bonito que era tener un trabajo que fuese vocacional, o al menos, agradecido. En el que nadie pisase a nadie. Alicia asintió con la cabeza y tocó madera con un  gesto que implicaba deseo de que eso le ocurriese a ella.

 

Mientras les comentaba todos sus temores, Roberto la escuchaba embelesado. Seguía todos sus movimientos de manos. Alicia cuando se preocupaba por algo era muy inquieta, se acusaba su expresión. Lo que no parecía mermar era su fuerza de decisión… al menos eso es lo que aparentaba.

 

Para Mamen no pasó desapercibido el gesto de él: ensimismado, intentando disimular la atracción que sentía hacia ella, una sonrisa fija, los ojos brillantes. Como ella misma decía siempre “las personas enamoradas no podían evitar poner caras embobadas”. No sabía si le dolía la posibilidad de perder un gran amigo, o realmente lo que la apagaba  era pensar que ella hubiese podido beberse sus caricias. Por las noches, en silencio dormía abrazada a su mirada… desde que le conoció nunca había podido evitarlo. Intentaba quitárselo de la cabeza.

 

Había tenido pretendientes bastante agradables y en una situación económica holgada, cariñosos, muy entregados a ella y de buen ver…. Pero, algo, había algo que no les hacía llegar a su corazón. No era la desconfianza, ni restos de miedo por  un fracaso anterior, ni pereza por comenzar una relación.  Era… que no había llegado la persona adecuada. Más que ilusionarse con ellos, lo que pasaba era que le estorbaban, le limitaban su espacio. No le apetecía dormir con alguien por dormir, ni compartir una casa por no estar sola. Sabía por experiencia que la soledad es un sentimiento que nada tiene que ver con el número de personas que estén a tu lado. Es algo que se siente cuando una persona no se quiere a sí misma. Es entonces cuando la soledad ahoga. Cuando es voluntaria –elegida-, no es soledad, es sentirse a gusto con uno mismo, con sus pensamientos, con sus recuerdos, con sus pasiones…

………………………………………………………………………………………………………………………………………..

Ella era muy dada a disfrutar del silencio, de la paz que emana del mismo. Tenía un pequeño jardín delante de su casa. En él pasaba las horas con su niña. Plantando, podando, injertando, abonando, embelleciendo con distintas tonalidades los rincones, guiando…

Detrás de su vivienda también era feliz escuchando la armonía de una vida sin miedo, sin dependencias, sin reproches… Había edificado su futuro a base de enterrar su pasado. No obstante tenía claro que de los errores se aprende, que son escuela y que aquél que no conoce su historia está condenado a repetirla. En ese rinconcito de la casa había dado vida a su pequeño huerto. Era feliz sembrando tomates, calabazas, acelgas, coles, zanahorias, patatas. Cuando recogía de la mata las hortalizas se la podía descubrir ilusionada como una niña, le ofrecía a su hija algún pepino jugoso o la mitad de un tomate moruno que desprendía ese olor a mata inconfundible.

En un pequeño corralito, se escuchaban tres gallinas. Eran buenas ponedoras. Tanto que Mamen solía llevar –hecho con los huevos sobrantes- aperitivos  al bar. Ya lo administraba y cuidaba con el celo que pudiese tener el mismísimo dueño.

 

22/05/2008 23:18 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap. 5 Mamen 2

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Cuando él entraba en el café, un vuelco de alegría aparecía en su rostro. Él solía contarle sus cosas: lo que había ocurrido durante el día, los incidentes con algún animal, alguna noticia, una jornada de pesca, lo que opinaba de algunas cosas que hacía el ayuntamiento o dejaba de hacer, de lo linda que veía a su niña…

 

Ella le contaba lo que había ocurrido en la cafetería: comentarios de embarazos, problemas entre vecinos, algún accidente, si alguien había enfermado, la visita de alguien importante por la zona, las cosas novedosas que hacía su hija…

Pasaban largos ratos en la barra cruzando opiniones, escuchándose.

 

A pesar de que ella debía atender el café, los dos se habían acostumbrado a esas pausas involuntarias, incisos que formaban parte misma de su conversación. Sabían exactamente donde había quedado suspendida la conversación antes de cada interrupción. La seguían, hasta que surgía algo que definitivamente la cortaba. A veces era preparar una mesa para varias personas; una llamada de teléfono; un proveedor…

Esa noche, Roberto tomó una cerveza y unas aceitunas mientras intentaba hablar con Mamen de forma fallida. Parecía estar muy liada. Entonces le dijo que no se preocupase que iría leyendo el periódico mientras tanto. Pero, su respuesta fue que estaba agotada y que él también debería estarlo.

-Todo el día paseando a caballo… debes estar roto-insinuó ella-

-Bueno, aún me tengo de pie. Pero no tardaré mucho en sentir el cansancio.

-Entiendo, entonces tomate esto y vete a descansar…  que falta te hace.

 

Algo en ella sentía hostilidad en aquel momento hacia él. No sabía qué era, pero ese día Roberto se había saltado el café que siempre tomaban juntos y eso… la había enfadado o... tal vez… sus sentimientos no eran tan fraternales como ella misma quería creer.

Esa actitud de castigo incomodó mucho a Roberto. Realmente le había pillado de sorpresa, nunca se habían dado explicaciones y ella de modo pícaro, algunos fines de semana cuando había ido a la ciudad, le había preguntado que qué tal….

De todas formas, la naturaleza femenina era para él insondable, difícil de desvelar y lo asumía como algo que para él sería un misterio. A ella le había tomado mucho cariño. Pertenecía a ninguna parte y a todas. Era adaptable. No solía mirar las dificultades, si no que se centraba en darles salida. Él solía decirle que era un  todo-terreno y ella se reía.

 

Cuando acabó la cerveza, intentó despedirse como siempre. Pero ella, le dijo adiós como si fuese uno más de los que había en el café. Si quería podía ser muy distante.

 

Roberto salió y vio a Lucas moviendo el rabo loco de alegría. Había tardado poco en salir y él lo agradecía así. Los dos andaban al mismo ritmo, en paralelo. De vez en cuando Lucas lo miraba para encontrar una carantoña. Era un perro tan grande como mimoso.

 

Al llegar, Roberto se puso cómodo y eligió música clásica para relajarse. Entonces vio en el salón las gafas de sol de Alicia y se alegró muchísimo. Ya tenía una excusa para llamarla! Más tarde pensó, que tenía dos excusas. Empezaba a trabajar al día siguiente y no le había deseado suerte ni la había animado.

Momentos después, comenzó a reflexionar. En ese punto Roberto era imprevisible, daba vueltas a todo de todas las formas posibles. Siempre le habían dado mucho miedo las personas que se mostraban inflexibles, ostentadoras de la verdad absoluta. El caso es que era un miedo irracional, en su familia nunca hubo nadie así, con esa forma de ser… al menos que él conscientemente hubiese conocido. De todos modos, ésta vez no se dejó llevar por tanta racionalidad y marcó el teléfono móvil de ella.

-         buenas noches Alicia, molesto?

-         Hola Roberto! No, no .. qué va! Qué sorpresa! No esperaba tu llamada. Aquí ha retumbado la casa con el sonido de tu llamada. No sé… pero creo que he visto muchas pelis de miedo, jajajaja…

-         Es posible… te confieso que yo no tengo miedo porque Lucas es muy fuerte. Es primo de Zumosol.

En ese momento Alicia rompió a reir, y dijo que no le extrañaba nada que con tal guardaespaldas no tuviese miedo.

-Me podrías dejar a Lucas hasta que yo no tuviese pánico aquí! Que sepas que no lo digo en broma.

-jajajjaaaa…..yo me tengo que reír. Bueno, me lo pienso. A ver…una preguntita… y no sirvo ¿yo?

- la verdad es que no. Me gustan más peludos, por lo de peluches….ya sabes!

-jajajajaa… ya. Veré que me dan en la farmacia para que crezca el pelo.

- Pero qué tonto eres …

-Te llamaba porque  has dejado en casa tus gafas de sol y porque quería desearte suerte para mañana. Sé que lo harás genial. Y bueno… si de verdad tienes miedo por las noches, no te preocupes… lo digo en serio, me acuesto contigo… jajajajaja.

Ahora ya hablando en serio: Si quieres la compañía de Lucas, te lo dejo. No creo que le importe, le caes bien.

-Gracias Roberto.

-No debes darlas, lo hago con todo el gusto del mundo.

-No te molesto más. Descansa.

-Sabes que no me molestas, pero qué ganso eres…

- Una cosa antes de colgar –dijo Roberto entre dientes-… me ha gustado la forma que tienes de dar los abrazos.

 

Y era cierto… aún guardaba ese abrazo tan relajado, tan acogedor, tan agradecido. Lo más presente en su memoria era el olor de ella. No conseguía identificar ese olor … pero le encantaba.

 

Esa noche, se quedó dormido recordando todas aquellas cosas que habían hecho juntos y notó que… al rememorar el abrazo… no despertaba en él tan solo un sentimiento de amistad…ella despertaba en él muchas más cosas que tenía que silenciar. Comenzó a dar vueltas en la cama inquieto. Aunque no podía dormirse, le gustaba la sensación que le tenía tan despierto y tan excitado.

 

22/05/2008 22:29 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap. 4 Mamen1

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Cuando se cerró la puerta tras él, aceleró su vuelta. Iba pensativo, ensimismado al recordar todo lo que había ocurrido a lo largo de ese día. Tuvo la sensación de sentirse abatido, vacío. Cabía la posibilidad de que se hubiese hecho demasiadas ilusiones, pero… ¿con una desconocida? Se le iría de la cabeza, de eso creía estar seguro. De todas formas, no había nada que hacer, y eso facilitaba todo.

 

No era dado a ese tipo de arrebatos. Él era de las personas que van conociendo y asimilando las cosas con tiempo, de modo relajado. No le gustaban los huracanes de vida. Descubría con calma, así podía controlar las cosas, y sentir el equilibrio que tan cercano a la armonía se ubica.

Lucas intentaba llamar su atención. Se le iba cruzando a lo largo del camino, daba pequeños trotes, y le esperaba con algún ladrido invitándole a seguirle algo más deprisa.

 

Pasó por delante de la cafetería, y decidió entrar a tomar un café. En ese momento se encontraba Mamen. Era esbelta, de ojos profundos y mirada lejana. No pertenecía a un mundo concreto. Ni se adaptaba al patrón de mujer de esa localidad, ni podía adaptarse al patrón de ciudad. Vivió a las afueras de Madrid, en el seno de una familia humilde. Más tarde se casó, pero su proyecto de familia hizo aguas con un marido que desconocía lo que significa la palabra responsabilidad, zafio e insensible. Abandonó su casa una noche, después de ser vejada y agredida por él. Huyó con su bebé de ocho meses, una niña preciosa a la que adoraba y que le dio toda la fuerza necesaria para abandonar la cloaca en la que se había convertido toda su vida.

 

Subió en el primer tren que salía de Madrid, y se bajó en el primer sitio donde despertó. Era ese pueblecito asturiano. Entró en la cafetería y dijo:

- Quiero trabajar, me sirve que me deis de comer y un sitio para dormir.

La niña no es traviesa, es muy tranquila. Tendré todo muy limpio y ordenado.

El dueño -que era un señor ya mayor, sin familia y al que ya le costaba llevar solo el café- la miró y le dijo:

-         Mira, no pierdo nada. Mañana comienzas. De acuerdo, probamos!.

Ella sonrió con satisfacción y firmeza. Como si sellase un pacto con la mirada y garantizase que no se arrepentiría.

 

Desde el comienzo su trabajo fue formidable. Todo en el café cambió. Dio un ambiente acogedor y confortable. Limpió a fondo todo el local.

En sus ratos libres se recreaba en ir incorporando cortinas, pequeños recipientes con flores, macetas con plantas de vivos coloridos en las ventanas. Se dedicó a pulirlas  y barnizarlas. Poco a poco iban pasando los días y la niña crecía entre los cuidados y el cariño de todos. Parecía que el dueño del café fuese el abuelo de esa simpática promesa de vida. A escondidas jugaba con ella haciendole de rabiar. El café se fue transformando en el centro de reunión de todo el pueblo.

Al mes de estar allí ya tenía un sueldo fijo, más de lo que hubiese soñado pedir. El dueño era agradecido y sus ingresos se habían multiplicado por mucho desde que ella había impreso su huella en ese pequeño mundo de encuentros y ocio.

 

Los sábados y domingos por la tarde, Mamen preparaba unas tapas de huevos rellenos, boquerones en vinagre, emperador con tomate… y todos bajaban a tomar algo y charlar. La vida transcurría tranquila. El aire corría por sus pulmones sin asfixiarla, se sentía útil y querida. La niña había heredado su decisión, si decía que no a algo era que no. No cabía darle más vueltas.

 

Muchos en el pueblo pensaban que era madre soltera. No se explicaban si no, cómo su marido no las había buscado. Ella no contestaba a eso. Si le preguntaban, ella se encogía de hombros y fingía no entender el motivo.

Aunque la realidad era otra. La noche que se marchó, dejó escrita una nota en la que decía:

“Ya no soporto todo esto más, pero eso  lo sabes. No puedo dejar que me sigas enterrando estando viva. A pesar de todo… te deseo suerte. Sé cuidar de las dos. Te he dejado un poder para que puedas vender nuestra casa si lo necesitas.

Por favor, no me busques… es lo único bueno para los tres.

Adiós”

 

No hablaba de su pasado. Se saciaba con el presente. Había desaparecido de su rostro esa mirada de sueños anémicos con la que aterrizó en el pueblecito. Se había borrado ese miedo de sus ojos cada vez que preguntaban por ella o se abría la puerta del café a deshora.

Muchos de los hombres jóvenes y maduros de aquel lugar ya habían intentado salir con ella, conocerla mejor, cuidarlas. Tenía algo en sus ojos, en su forma de callar. Sería la expresión tan cargada de secretos, ese halo de misterio que la rodeaba.  Aunque todo daba igual, Mamen  era reticente a comenzar una historia con alguien, notaba que le faltaba aire si intentaban acercarse demasiado.

 

Con Roberto no tenía esa sensación. Era distinto. No la agobiaba porque era distante y cercano al mismo cierto. Con él podía hablar de lo que fuese y su cercanía era liberadora. No imponía formas de ser, de pensar, cánones de conducta…

22/05/2008 22:11 #. Tema: Fue en ese café...(Novela)

Cap. 3 El encuentro

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La mañana del sábado asomó soleada y tranquila. Roberto se levantó animado por esos rayos calientes que le tocaban. Entró en el baño para lavarse cara y dientes. Se quitó el pijama de forma entretenida -mientras comprobaba si era necesario afeitarse- y lo dejó colgado en una percha fijada en la puerta del baño. Sacó del armario un pantalón corto y una sudadera para ir a correr. Se puso calcetines de deporte y deportivas. Ya más espabilado y al trote bajó a la cocina y se bebió un zumo de frutas que había licuado.  Lucas le seguía moviendo el rabo a ambos lados de forma agitada, parecía un parabrisas un día de lluvia intensa, miraba fijo todo lo que él hacía.

 

Los dos salieron a correr como todas las mañanas, pero los fines de semana eran especiales. Había mil cosas por hacer, todas entretenidas y relajadas. Mientras corrían iba enumerando mentalmente todo lo que iba a hacer esa mañana. Fue saludando a sus vecinos de parcelas más abajo -que estaban faenando-. Unos removían la tierra en la huerta y añadían algo de abono. Otros lanzaban comida a las gallinas y les cambiaban el agua. Los que tenían vacas tenían que limpiar los abrevaderos y dejarlas pastar. El aspecto de los animales era muy saludable por que en esas zonas tan verdes no faltaba alimento nunca.

 

Recordó que una cabra estaba a punto de parir y que debería bajar a hacer una visita. En ese momento desvió el camino. La casa no le quedaba muy lejos.

Nadie podría imaginar al verle, la sensación de libertad que él experimentaba cuando atravesaba esos paisajes. Algunos al saludarle, sacudían la cabeza de un lado a otro sonriendo, como si se negasen a comprender qué podía sacar con eso. Lo que quedaba claro es que adoraba esa localidad aunque no conectase con ellos en la forma de saborear la vida. Los unía el amor por ese escenario, su sol, su lluvia, sus verdes mezclados con dorados en Otoño, esa alfombra crujiente que a Lucas le ponía los nervios atacados al pisarla y sobre la que se tumbaba –boca arriba-  con todo el cuerpo intentando callarla al aplastarla con su enorme lomo.

 

Enseguida llegó, y saludó a Hilario y a su mujer. Los dos se alegraron de verle, y le condujeron a la zona cubierta que tenían en el pequeño corral. Le ofrecieron tomar algo, un aperitivo, pero les dijo que a esas horas no le entraba nada. Y lo agradeció con una sonrisa. Se dio cuenta de que el parto había comenzado. El animal jadeaba tumbado, tenía la boca entreabierta y asomaba la lengua a un lado. Al tocar la panza del animal pudo comprobar su rigidez, las contracciones eran regulares.

Cogieron el coche de Hilario y se marcharon a la consulta para recoger guantes, hilo, tijeras, agujas quirúrgicas etc… Al regresar, él se enfundó sus guantes e introdujo los dedos en el canal del parto  pudiendo tocar la cabecita del pequeño animal. Fue aprovechando las sucesivas contracciones para expandir la salida con sus manos. Pronto asomó, y todo apuntaba a resultar más fácil. Cuando lo tuvo en sus manos. Lo sacó de la bolsa uterina, cortó el cordón umbilical cosiéndolo,  miró bien que no quedase ningún trocito de placenta y le hizo una pequeña reanimación. Se fijó en que no tuviese mucosidad en la boca para que no se ahogase y le estuvo frotando un ratito el cuerpo para que entrase en calor y poder escucharle. Era encantador verlo tan frágil pero tan lleno de vida. Su madre lo acariciaba con la lengua de forma desenfrenada, parecía que lo fuese a desgastar. Después de hablar un buen rato con sus vecinos – les indicaba que si le daban un poco de caldo la subida de leche sería más rápida-  Roberto se despidió de ellos, pero Hilario se ofreció a acercarle a casa.

 

Una vez en casa puso música clásica y se metió en la ducha. Estaba contento, todo había salido bien y le apetecía ir a la cafetería y comentárselo a Mamen. Además una tapa de esas que preparaba ella  siempre entraba con un vinito. A Lucas le dijo que se portase bien y que se quedase en casa que no tardaría. Sabía que le entendía perfectamente, porque el animal dejaba de mover el rabo y se sentaba con mirada triste mirándole fijamente.

Lucas sabía que en ocasiones eso daba buen resultado. Y esta vez, parece que tuvo suerte, pero se fue con la condición de quedarse en el coche el ratito que Roberto estuviese en la cafetería. Pareció no importarle, el caso era acompañarle a todas partes.

 

Sobre las 13.00 h., entró en la cafetería. Algo que no había contado nunca a nadie era todo lo que le molestaba esa primera bofetada de humo al llegar. Saludó a todos y Mamen -correspondiéndole con un gesto- le sonrió. Él se acercó y le dijo que la música que le había grabado le había gustado mucho. Ella se alegró y le preguntó que qué le apetecía tomar. Sin pensarlo él respondió que un vinito y ese emperador con tomate que estaba tan bueno. Ella se echó a reír porque ya lo había preparado y se lo estaba poniendo en la barra. Degustó el vino antes de pinchar el aperitivo.

 

En ese momento, hizo su aparición en la cafetería una chica joven con dos maletas de ruedas que le dificultaban algo el paso. Tenía un aspecto atractivamente desaliñado y aventurero, con aire de decisión.

Cruzado, a modo de bandolera, llevaba su bolso.  Vestía unos vaqueros ajustados, un híbrido entre bota y deportiva en tono cámel, un impermeable rojo abierto bajo el cual asomaba una camiseta blanca ceñida a su cuerpo. Era alta y delgada, muy proporcionada.

Se acercó a la barra y preguntó si conocían la calle Torino. Les comentó que se llamaba Alicia y que se quedaría a trabajar en el pueblo en el departamento de calidad de vinos y que en esa calle tenía alquilada su casa.

 

Roberto se presentó como el veterinario del pueblo y le dio dos besos. Mamen le secundó y le deseó mucha suerte. La invitaron a tomar algo y después él se ofreció para enseñarle los sitios estratégicos del pequeño pueblo y acompañarla a su casa. Mientras charlaban, él observó sus manos, hablaban mucho de ella.

Era una persona a la que le gustaba mucho cuidarse, pero sus uñas cortadas y sin pintar aportaban otro dato, era muy práctica y discreta. Le gustaba la comodidad y huía de exaltar la feminidad a través de ornamentos.

 Pero sabía como enfatizar aquellas partes de su cuerpo que más le gustaban. Su pecho era muy bonito, sin ser ostentoso. Parecía ingrávido y compacto. Era morena y sus ojos verdes, lo que le daba un toque muy exótico. Cuando miraba parecía examinar todo, aunque eso no llamó mucho la atención ya que acababa de llegar y era lógico que estuviese muy expectante. Era de movimientos rápidos pero elegantes, y parecía decidida. Se pidió una cerveza sin alcohol. Más que bebérsela la devoró. Llegó acalorada, cansada y sedienta. Miró a Roberto y le dijo: “Cuando quieras…! –hizo un gesto de apremio mirando el reloj-.  Eso te pasa por ofrecerte! Jajajaja” . Los tres se rieron y abonando la consumición, se despidieron de Mamen y también -en general-  del resto-. Después abandonaron el local.

 

Él se acercó a su coche para que Lucas pudiese acompañarlos. Le abrió la puerta y el animal salió haciendo cabriolas. Eso le hizo mucha gracia a Alicia, que le chocaba en un animal de aspecto tan fiero una actitud tan acachorrada.

-¿qué edad tiene?- preguntó.

– Lo encontré en el monte solo y herido pero por los dientes creo que unos dos años aproximadamente.

-¿Ves? Todos los días se aprende algo nuevo! Jajaja…

 

Ella siguió comentándole cosas de camino a su casa: que se quedaría por un tiempo indefinido. Se suponía que un mínimo de un año o dos. Su impresión del pueblo había sido muy positiva aunque le confesó que sentía el frío que ocasiona lo desconocido. Siguió contándole que la casa no la conocía aún, que todo lo había gestionado con una inmobiliaria a través de internet.

 

Él lanzó una pregunta que a él mismo le sorprendió: -¿Dejas algo en Madrid que te escueza un poco más de lo normal?

-Vaya, veo que eres directo… pues mira, no lo sé…

Él pisando la conversación dijo:

- Hemos llegado!

-Ey! La casa es más bonita de lo que creía! ¿Quieres verla?

-Claro, si quieres, ¿Cómo no?

-Ella sacó de su mochila el juego de llaves y abrió la puerta. Ésta emitió un chirrido al abrirse, parecía sacada de una película de las de terror.

Roberto se adelantó a los pensamientos de ella. Le comentó que con la humedad eso era algo muy habitual, que usase cualquier aceite industrial y quedaría nuevo.

-ok!, contestó.

Él empujó las dos maletas hacia dentro. Todo estaba oscuro y cerrado. Olía a humedad ligeramente, llevaba tiempo cerrado y habían tenido muchos días de lluvia.

Al abrir los cierres vieron que los muebles estaban cubiertos de sábanas blancas y algunas mantas. Él la ayudó a quitar todo y abrieron las ventanas. Mientras movían el polvo, Lucas lanzó dos estornudos seguidos. Expiró con fuerza, de golpe, como si algo le estuviese haciendo cosquillas en la nariz y sacudió la cabeza. De nuevo se echaron a reír.

La cocina era pequeñita, pero muy graciosa y genialmente distribuida.

Alicia entraba y salía de una habitación a otra, diciendo lo bonito que quedaría todo cuando lo dejase a su gusto. El suelo era de tarima, eso le encantó. Solía andar descalza con enormes calcetines de lana.

Ella estaba siendo abordada por una sensación de independencia que era nueva en su vida, y notaba que le gustaba. Roberto -apoyado en el marco de la puerta- admiraba ese brillo tan infantil que iluminaba su mirada y permanecía callado sonriendo y asintiendo. Le encantaban las personas apasionadas y en ella veía muchos sueños contenidos desde hacía tiempo. Se preguntaba si sería capaz de descubrir los que realmente eran prioritarios para sentirse feliz.

Mientras ella abría los armarios de la cocina para saber qué tipo de utensilios tenía que comprar, él se había embarrado en una reflexión.

Se daba cuenta de que ella con 25 años parecía una niña, llena de ilusiones, de fuerza, de inquietudes y misterios, que guardaba secretos… En cambio, las chiquitas de allí, de la localidad, parecían mujeres. Sin secretos, sin fantasías –no al menos de aquellas que pudiesen llamar la atención de una persona como Roberto-, con un sentido del humor casi ausente, con un sentido del pudor extraño. Basado en el que dirán más que en sus sentimientos. Incluso la forma de vestir, aunque pretendía ser moderna, no colgaba de ellas con naturalidad.

Esa inquietud, le hizo pensar que es una suerte nacer en una ciudad, donde te despiertan la vocación de ser descubridores del mundo. Esa fiebre que desata los impulsos e inyecta de brillo la mirada. En la zona rural, faltaba ese afán por la fantasía, por el entusiasmo, por el juego.

Él sabía que otros no necesitaban tantas historias para interesarse por una chica, pero eso no le quitaba el sueño. Nunca quiso caer en la trampa del conformismo, tenía claro que vivir a medio gas acaba asfixiando.

Alicia chasqueó los dedos delante de sus ojos, y sus pensamientos se diluyeron de forma veloz.

-¿Vemos la parte de arriba? Alguien te tiene sorbido el pensamiento, ¿eh?

-Jajajaaa…No, yo creo que soy así de distraído.

-Tengo muchas cosas que comprar, qué desastre! Y creo que está cerrado.

-Hacemos una cosa: Vemos los dormitorios y el baño. Después nos vamos a mi casa y coges lo que necesites. Tengo de todo. Los vecinos son demasiado agradecidos, y me obsequian de forma exagerada. Pensarán que un chico solo se muere de hambre. Acéptalo, se me pondrá mala la mitad de la comida. Casi me haces un favor.

-¿Cómo se supone que debo agradecer todo eso?

-Ejemm… puedes pagar en especias si quieres… jajaajjaja

-Ya decía yo que eras demasiado encantador, menudo peligro!

Subían la escalera para visitar los dormitorios. El primero estaba genial, el baño era muy aceptable, pero el segundo, más amplio, tenía una enorme mancha en el techo aún húmeda con aspecto enmohecido. El colchón, que quedaba justo debajo, se había mojado entero quedando inservible.

Ella decidió cerrar la puerta y llamar más tarde a la dueña para informarla de lo que sucedía.

Roberto le subió las dos maletas a los dormitorios. Ella le dijo que tenía que arreglarse. -El viaje había sido muy largo y necesitaba ducharse para ser persona.

-No te preocupes por mí, de verdad… después tomo cualquier cosa en la cafetería.

-No me preocupo, pero mañana tampoco abren. Mira, me voy. Duchate y te relajas un poco o si quieres vas colocando las cosas. Me acerco dentro de una hora y te traigo lo que pille por ahí. Prometo irme después rapidito para que descanses… lo de cobrarte en especias… puede esperar… jajajaja

Ella se rió mucho y asintió.

-Le apetecía mucho hacer su cama para poder acostarse pronto y tener todo ordenado.

 

Quedamos en eso. No te preocupes por mí. Cerraré bien la puerta. Nos vemos!

 

Se dirigió con Lucas  hacia su coche para irse a casa. Una vez allí merodeó por la cocina y fue echando en una cajita todo aquello que le podía gustar.

Metió dos litros de leche, aceite, sal, medio bizcocho, huevos, salchichas, quesos de tres tipos –tenía mucho queso, para dar una recepción-, jamón serrano. También tenía pan, no el suficiente, pero eso le daba igual. Podía pedirle a Mamen. Se acordó de que tenía cuatro jamones –jamón serrano- en casa y cogió uno para ella y otro para Mamen. Era imposible comerse todo eso. Recordaba que ella había mencionado que no tenía cazos ni sartén para cocinar y cogió un utensilio de cada antes de marcharse.

Introdujo todo en el asiento del copiloto, delante y se marchó hacia su casa. Cuando llegó, estuvo llamando un ratito sin querer resultar pesado –dejaba intervalos de tiempo en silencio-

Alicia abrió la puerta con aspecto muy cambiado. El pelo lo tenía recogido, muy informal -con dos agujas largas cruzadas detrás en algo similar a un moño-. Se la notaba más relajada y concentrada en él. Ahora lo miraba directamente a los ojos y mostró enorme sorpresa al ver el cargamento que entraba por la puerta en brazos de Roberto.

Se había difuminado ese aroma infantil que le vio la primera vez. Ahora, su mirada lo ponía algo nervioso y no sabía porqué. Se sintió atraído por ella. Llevaba una camiseta de algodón roja con escote y unos pantalones de estar por casa que parecían tener un tacto asedado. Andaba con calcetines, por eso le dijo:

-Si piensas entrar, hazlo. Si no me quedaré congelada!

-No, mira… llevo mucha prisa y tu estás cansada. Eso sí, quedas invitada a conocer la localidad a caballo si te interesa…

- Claro que sí! –De nuevo afloró en ella esa faceta infantil que la hacía tan especial. Aunque su imagen, con un aspecto más maduro y sereno, le acompañaría muchas noches en sus pensamientos.

 En ocasiones, es la casualidad la que escribe nuestro destino, otras lo forjamos nosotros. Él más bien creía que se trataba de un equilibrio de las dos cosas.