
Al llegar a su trabajo, dio las gracias a Roberto. Él hizo un guiño y sonrió deseándole suerte. Esperó en el coche. Vio como ella corría dando zancadas. Así iba sorteando los charcos que se encontraba en su camino. Llevaba su cartera de piel abrazada contra su pecho y el paraguas asido con una sola mano. La gabardina le daba un toque femenino muy desafiante y actual, rompía con la tónica general en la forma de vestir de allí. La cascada de su pelo le caía sobre la espalda con un recogido a la altura de la nuca. Antes de entrar, agitó su mano para despedirse de él. Fue entonces cuando Roberto se alejó.
Esa mañana tenía que vacunar un rebaño de ovejas, y tal como se presentaba el día, iba a resultarle algo más costoso hacerlo. Estaría todo lleno de barro, los animales algo nerviosos por la tormenta. Se movían más, hacían más ruido y era más complicado vacunar y hacerles el chequeo general. Pero aunque todo eso complicaba los trabajos, los lugareños, cuando llovía mucho, transmitían alegría. Todos pensaban que era una bendición. Los pastos verdes, el río rebosante de vida, las cosechas maduras. El lugar parecía brillar después de un baño de lluvia. Esplendoroso, adornado por los destellos que desprendían cada una de las gotas de lluvia, pinceladas de distintos verdes –todos ellos intensos, salvajes-.
Cuando llegó a la finca salió a saludarle el dueño, era conocido suyo. Entraron a la nave y dejó sobre la mesa su nevera – en ella contenía la totalidad de las vacunas que necesitaba- y el botiquín.
Comenzaron a sacarle las ovejas de una en una. Les miraba ojos, dientes, oídos, patas, vientre. Y por último les inyectaba la vacuna. Como él imaginaba, todo iba más lento por las complicaciones que derivaban de la tormenta. Hizo un alto para tomarse un bocadillo con el dueño y escuchar detalles sobre la marcha de su negocio. Era uno de los más prósperos ganaderos. Un hombre hecho a sí mismo y porqué no decirlo, con algo de suerte a sus espaldas. Sabía moverse en su terreno, conocía un buen ejemplar de lejos y era capaz de ponerle las pegas y dudas necesarias para que el precio de venta se lo redujesen. Pero vendiendo era un mago, nadie sabía cómo lo hacía. Hasta los defectos de su ganado parecían virtudes, era increíble. Roberto lo escuchaba siempre atentamente. Era el alcalde del lugar y también tenía ideas muy suyas. Lo extraordinario de ese hombre era la capacidad de absorber las cosas nuevas. Se negaba a defender siempre lo mismo, por el mero hecho de ser lo tradicional. Escuchaba a todo el mundo con interés, siempre decía que todos y nadie llevaban la razón y que hasta los libros se equivocaban. Sus ojos transmitían firmeza y sosiego. Hablaba con rotundidad y se tomaba su tiempo para hablar.
La tarde se hizo larga… debido a los esfuerzos que arrastraban. No obstante, rieron bastante con algunos de los temas que tocaron. Entre ellos las peticiones al ayuntamiento. Su espíritu era abierto y sincero. Caía en general bastante bien. No era la primera vez que había salido elegido alcalde del pueblo. Cuando hablaba con alguien, y le daba consejo, su desparpajo daba la impresión de que iba dirigido a resolver personalmente la duda que le había sido planteada.
Cuando acabaron, se dirigió a Roberto para invitarlo a tomar una copa en casa y abonarle el importe de la vacunación y examen de los animales. Pero Roberto, mirando la hora, se dio cuenta de que Alicia salía en diez minutos y que llovía mucho. Se excusó y salió corriendo hacia el coche. De camino a recogerla, se dio cuenta de lo impresentable que iba, pero….no podía acercarse a casa para al menos cambiarse de ropa.
Paró frente a la empresa vinícola De robles. Se quitó el chaleco para intentar mejorar su aspecto pero… no lo consiguió. Ese olor era penetrante….desagradable. Vio salir a Alicia acompañada de alguien de la empresa e hizo ademán de irse, pero ella lo vio y lo saludó. Se despidió de su compañero de trabajo y se acercó al coche.
- Me acercas a casa, ¿no?
- Eso está hecho. Sube, pero no te asustes. Si me arreglaba no llegaba a tiempo de recogerte.
- La verdad es que estas irreconocible, jajajaja… -unas ganas imperiosas de abrazarle se adueñaron de ella. Estaba algo cortado y sonreía. El olor era espantoso y no pudo evitar reírse y echarse las manos a la boca-.
- ¡Menudo aroma! – esgrimió Roberto-.
– Seguro que no te ha pasado por la cabeza ligar conmigo, jajajajaja…
- Bueno, creo que como adivina no tienes mucho futuro...-. Sonriendo por lo que acababa de decir, arrancó el coche y se dirigieron a casa de Alicia.
Cuando entraron más que una casa, parecía un criadero de caracoles. El olor a humedad en el piso inferior, era intenso, y arriba el agua en el techo formaba manchas que desde sus entrañas parecían parir gotas de forma ilimitada…
Se desanimó mucho, no podía seguir así. Tal vez tenía razón Sergio y todo era una locura. En tierra de nadie, en una casa devorada por las humedades…. ¿qué necesitaba demostrar o demostrarse?
En ese momento, él se acercó y le dijo que todo tenía solución.
- Mira, no te molestes… Eso me pone más nerviosa todavía. Necesito pensar… De momento buscaré un sitio para dormir. Supongo que para preguntar no hay ningún sitio mejor, ¿no?
- Tengo una sorpresa para ti Alicia. Recoge algunas cosas y vente conmigo. Quedan opciones, al menos, de momento, creo que puedes salir del apuro. Pero decides tú. Esta noche duermes en mi casa si quieres –todo salió de golpe de su boca, como si de una ametralladora se tratase y después paró en seco. Como si necesitase conocer la reacción de ella de inmediato-.
Alicia tenía una enorme lucha en su interior. Lo miraba y quería irse con él, por otro lado tenía miedo de precipitarse. Eran demasiadas las cosas nuevas, no pisaba nada concreto. Le parecía sentir todo en el aire, pero esa sensación de adentrarse en cosas nuevas la hacía sentirse cómplice de su propia vida. No una autómata.
Se sentía dueña de su vida, la que establecía la dirección. Además… quería saber qué había despertado Roberto en ella.
No perdía nada, si ese camino era equivocado tenía tiempo de volver a Madrid y seguir bajo la atenta mirada de sus padres, de su novio –aunque el tema de Sergio, de alguna forma, sabía que estaba herido de muerte, podría ir ahorrando para comprar muchas cosas inútiles…-. Era evidente que estaba aburrida de su anterior vida. No ocurría nada. Todo estaba pensado, planeado pero no por ella si no por los demás. Eso era lo que la había estado apagando, por eso quiso salir y ver las cosas desde fuera. ¿Iba a rendirse en cuatro días? No, por supuesto que no estaba dispuesta a volver portando como equipaje la derrota.
- ¿Sabes? Te voy a coger la palabra. Esta noche dormiré en tu casa.
- No es necesario que te diga que me alegra mucho que vengas. Hoy… y las noches que sean necesarias hasta que encuentres algo que te guste.
- Pero… tengo que recoger…
- Te ayudo. Tienes pocas cosas.
Pasada media hora, los dos subieron en el coche llevando todo su equipaje. Al llegar a casa de Roberto ella se notaba muy nerviosa. Pensaba que era una locura. Además… la tormenta se había hecho más intensa. Los truenos retumbaban en la casa. El cielo daba la impresión de estar enfurecido, un cataclismo de rayos lo iluminaba de rojos, azules y blancos. A veces… parecía inyectado en sangre.
Todo ello contrastaba con lo que la rodeaba entre esas paredes. Roberto entraba con leña para encender la chimenea. Su aspecto desaliñado y su olor no le quitaban el encanto que siempre había visto en él. Era muy pausado cuando hacía las cosas. Fue colocando la leña de forma ordenada, con mimo. Más tarde le prendió fuego.
- Alicia, voy a ducharme para quitarme el complejo de borrego, jajajaa. ¿Pones música mientras me ducho? Tengo una sorpresa…
- ¿Me vas a dejar así?
- Es que estoy muy incómodo, dame un instante.
- Perdona, lo entiendo… ¡pero no tardes! Si se va la luz me dará algo…
Roberto asintió con la cabeza y quitándose las botas subió las escaleras. Iba feliz, se sentía raro. Notaba la casa llena de vida, con alma. Siempre había pensado que reírse solo ante una película era ridículo. Llevaba mucho tiempo dándose aprobados por lo bien que vivía, por su tranquilidad… -tal vez demasiada-, por todas aquellas cosas que le gustaban. Pero necesitaba compartir todo eso. Provocar risas, o quejas, sentir lo que llega a través de una caricia. Participar de cosas distintas a las habituales. Sentir que intentaban convencerlo de algo, convencer a su vez… Quería oír algo más que el eco de sus pisadas por la casa.
Se despojó de la ropa sucia y comenzó a ducharse. Estaba inquieto por haber dejado a Alicia sola. Cuando acabó se sintió completamente relajado, a gusto y su necesidad de comer era mayor.
En ese momento se fue la luz. En medio de la oscuridad salió del baño y tanteando llegó a la cama donde tenía el pantalón de estar por casa, se lo puso y comenzó a bajar las escaleras:
- ¿Alicia? ¿Estás bien?
- Sí, menos mal…
Allí estaba, sentada en un almohadón frente a la chimenea. Sus maletas habían quedado en la entrada del salón. Una de ellas estaba abierta. Parece que Alicia también había aprovechado para ponerse ropa más cómoda. Delante de la chimenea y rodeada de oscuridad su contorno rezumaba sensualidad. Enseguida intentó evitar ese tipo de pensamientos y se acercó a un cajón donde guardaba las linternas, velas, pilas… y cogió dos linternas.
- … pensaba darte la sorpresa primero, pero como tengo mucho apetito… la posponemos unos minutos
- Lo sé. Mejor come. Me he tomado la libertad de preparar unas cosas en la cocina antes de que se fuese la luz. A ver si he acertado…
Roberto avanzó y vio una tortilla francesa y una pechuga de pollo a la plancha que olía genial. La ensalada tenía un colorido que parecía salido de un anuncio televisivo. Mezclaba rojo, verde, violetas, amarillos y fucsias.
- Gracias Alicia. ¿Te hace una copa de vino?
- Claro que sí, beber para olvidar… jajaaja
- No seas exagerada.
- ¿Por qué brindamos?
Roberto, después de pensárselo dijo: ¡Por mi deseo de que te guste la sorpresa!
- Claro.
Los dos rozaron sus copas y bebieron un trago. Él repartió la cena y se llevó los platos hacia el salón. Sacó del cajón dos velas y encendidas las colocó encima de la mesa. Ella utilizó todas sus artimañas durante la cena para preguntarle sobre el contenido de la sorpresa. Todo eso provocaba enormes sonrisas en él. A medida que iban acabando la copa se notaban más desinhibidos y espontáneos. Se sirvieron otra copa y se encaminaron hacia la chimenea.
Las llamas bailaban al ritmo crepitante de los troncos. Iluminaban con su magia ese escenario que permanecía guarecido de las fauces de la tormenta. Hechizaba escuchar como la lluvia golpeaba la ventana con sus mil dedos. De vez en cuando la habitación quedaba iluminada por los rayos y los dos se callaban esperando el estruendo del trueno y se reían. Pero en una de esas ocasiones el rugido fue tan fuerte que daba la sensación de que la casa no lo aguantaría.
Alicia se precipitó hacia Roberto por instinto. Se encontró con el tipo de abrazo que había fantaseado. Era cálido, delicado pero firme. Tenía el poder de aniquilar vacíos. Hubiese deseado alargar ese momento, pero… se suponía que el susto había pasado. Se desprendió de su cuerpo y comentó la agresividad de los rayos y truenos. Él asentía añadiendo que era una tormenta eléctrica y que entrañaban peligro. Sobre todo en zonas rurales. Pero tener a Alicia cobijada en sus brazos le había dejado una sensación de plenitud que se iba difuminando al alejarse…
Empezó a darse cuenta de que, hasta que no se encuentra lo que se busca no se puede echar de menos. Puede que más o menos, soñemos con un molde ideal, pero… eso es fabricar sueños.