
A la mañana siguiente, la cafetería estaba repleta de lugareños. Había llovido mucho y el cielo era de un gris plomo. Todos los paraguas se agolpaban a la entrada. El aroma del café se intuía como una forma de afrontar la fría humedad que reinaba en el ambiente.
Roberto aguardaba en la barra la entrada de Alicia, pero no llegó. Charlaba con Mamen, los dos pensaban que la lluvia en aquél lugar era como una campanilla de aviso de reunión. Tenía poder de convocatoria. Era una reunión organizada de forma espontánea. El barullo de todos, diciendo si era bueno o malo para el campo. Si iba a durar mucho o poco. Si iba a caer de modo torrencial o tranquilo. Si eran nubes vagas o de descarga….
Él se quedó mirando la taza mientras la bordeaba con sus dedos como si fuese a proyectar un molde de la misma. Tenía un aspecto parecido al que tiene la persona que mira las cosas desde fuera pero intentando descubrir lo que ocultan dentro.
Poco a poco la hora del desayuno fue perdiendo su intensidad. Roberto comenzó a despedirse de Mamen y se subió las solapas del abrigo antes de salir. Era un día desapacible. El agua caía con fuerza, abatida por el viento.
Enseguida, surgió la alarma en él: ¿Cómo habrá llegado Alicia? Entra dentro de media hora a trabajar!!!!
Se dirigió hacia su casa y la encontró con un pequeño paraguas que se había girado con el viento. Esa escena consiguió forjar en él una enorme sonrisa y de modo rápido hizo sonar el coche.
Alicia lo miró e hizo un gesto de agradecimiento con el rostro.
-Menos mal Roberto!! Ya me veía despedida!!
-Tranquila, jajajaja… aquí no se despide tan rápido mujer!! Te acerco con la velocidad del sonido. Pero, déjame que te invite a un café.
-Te lo agradezco, pero no puedo. Tengo que dejar unos documentos en recepción.
-Bueno, no pasa nada. Más tarde, vale?
-Vale, vamos! Llevas todo?
-sí, sí…
Roberto arrancó con el coche alejándose de la casa de Alicia. De nuevo comenzó a llover de forma virulenta.
Alicia miraba de inquieta esa forma de caer el agua y veía -a través de la ventanilla del coche- cómo se formaban enormes nubes oscuras. Su cara estaba además de pensativa, muy triste.
Se debatía entre seguir con su nuevo mundo y tirar la toalla. Había tenido una enorme discusión con Sergio. Ella lo había llamado muy nerviosa. Le contó que tenía la casa llena de agua, que había muchas goteras y que estaba durmiendo en el sofá. Su cama se había mojado.
Pronto él aprovechó para hinchar pecho y decirle que menuda tontería irse así. Que esas eran las consecuencias de hacer locuras. Que le venía bien como lección. Que ya podía regresar a su casa, que es dónde debía estar.
Cuando le comentó a Roberto todo lo que la preocupaba, la reacción fue diametralmente opuesta. Lanzó una enorme carcajada y le dijo:
-Vaya!! Vas a tener que dormir conmigo hoy… jajajajaja.
Mira, de verdad, no te preocupes de nada. Entre todos te conseguimos algo, te lo prometo. De momento quedas invitada a pasar la noche en mi casa y no por eso quedas obligada a pasarla conmigo.
Además, ocultaba una sorpresa para ella. Desde que Alicia visitó la buhardilla-, había ido incorporándole cosas con mucha ilusión. Todo el tejado había sido rehabilitado años atrás, tenía unas bonitas ventanas grandes. Sin saber porqué... Roberto, poco a poco, había limpiado todo. Bueno… sí sabía lo que le impulsaba a hacer habitable la zona de arriba.
Ella era el motivo. Se había enamorado de la buhardilla y el primer piso de su casa estaba repleto de goteras. Por eso se sintió ilusionado, tal vez, esa personita entrase y saliese de su casa a diario, puede que iluminase con su inquietud cada rincón de su armónica vida en solitario.
Era inquieta, preguntona, tenía genio, mil miedos, y un legado impensable de espontaneidad, unas veces quedaba exteriorizado con una amplia sonrisa, otras con un marcado pliegue de ceño. A medida que pensaba todo esto, había subido un sofá de la salita y una camita de uno de los dormitorios. También había colocado un aparato que servía para llevar la música a otras habitaciones. Introdujo dos estanterías para libros y una pequeña televisión. La buhardilla disponía de lavabo y había mandado llamar a un fontanero de allí, muy amigo suyo, para que instalase un pequeño aseo. Fue subiendo pequeños detalles a ese rincón de la casa: una pequeña mesa redonda, una alfombra que le habían regalado -era de borrego- Tenía una pequeña nevera que almacenaba en el garaje y que funcionaba muy bien. Tuvo que comprar otra porque se le quedó pequeña para almacenar las vacunas. También decidió subirla. Así Alicia si alguna vez tuviese que quedarse se sentiría más cómoda e independiente.
El albañil también había sido avisado para abrir de nuevo la salida de la buhardilla por la parte trasera de la casa. Eso le daba independencia y… alegría.
Alicia parecía sentirse aliviada por esas palabras. Realmente le apetecía pasar la noche a su lado. Estaba cansada de hacer todo lo que se consideraba correcto. Bien pensado, llevaba mucho tiempo sin desear a Sergio.
En cambio, con él, le costaba trabajo acercarse y mantenerse distante. Le gustaban su olor, sus manos, su mirada, la forma de hablar, de abrazar, y aunque su optimismo la ponía de los nervios, no podía evitar encontrarse increíblemente bien con él. Siempre había odiado a las personas derrotistas….También sabía que ella encajaba con el tipo de chica que a él le gustaba. Pero todo se le echaba encima en ese momento: Sergio llegaba el Viernes, la casa se le hundía ante su ojos, Roberto la atraía demasiado y para colmo es posible que tuviese que pasar la noche con él, en el trabajo aún no controlaba….
Realmente, la casa era lo que menos la preocupaba. Sabía perfectamente que contaba con una habitación en casa de Roberto. Pero Sergio… , su visita no le apetecía nada. Sabía sobradamente que llegaría echando una ojeada y la miraría como si fuese una niña que se ha equivocado y a la que hay que dejar que cometa errores para después decirle: Ves? Si no haces caso las cosas salen mal.
No, no era lo que ella quería, ni lo que necesitaba, ni lo que sentía. Se veía fuerte, allí la veían independiente, se sentían a gusto con su presencia, y esa sensación de complacencia era mutua, se sentía plenamente integrada.
Se puso a pensar, y se dio cuenta de que tenía que reunir el valor suficiente para llamar a Sergio y pedirle que no fuese hasta que no estuviese organizada. –Realmente ella pensaba en la organización de su mente, no en la de la casa, pero no era eso lo que escucharía su novio. Necesitaba ganar tiempo. Demasiadas cosas nuevas, sentimientos alborotados, un instinto muy despierto y confuso… quería controlar todo eso antes de decidir lo que iba a hacer.