
Estaban muy involucrados en la charla hasta que se dieron cuenta de que era la hora de irse a trabajar. Alicia con decisión abonó el importe de la consumición y aligerando el paso se despidió de ellos mencionandoles lo nerviosa que estaba. Cuando se iba alejando hacia la puerta, su figura se dibujaba firme, esbelta y a la vez cargada de fragilidad. Tenía movimientos muy armónicos y sonreía de un modo abierto. Lo que atrapaba a Roberto era el modo que tenía de interrogarlo con la mirada: Clavaba sus ojos en él y parecía estar hurgándole en sus pensamientos...
Al cerrarse trás ella la puerta del café aligeró el paso hacia su nuevo lugar de trabajo. Iba ensayando mentalmente esa primera toma de contacto con todos. Se colocaba el cabello con sus manos y respiraba con profundidad. Pronto llegó a la empresa. Tenía una apariencia compacta, muy lineal, clásica. Los colores grises, lo que le daba algo de información de los dueños. Serían poco vanguardistas, dinero viejo- pensaba ella mientras llamaba a la puerta.
En el recibidor había una señorita sentada tras su escritorio. Era una sala bastante grande e iluminada. A ambos lados y pegados a la pared, había sofás individuales para que los visitantes pudieran esperar relajados. La centralita tenía forma de abanico y abarcaba toda la parte izquierda. La derecha estaba ocupada por una gran escalera que daba al piso superior. En las paredes colgaban cuadros de viñedos, botellas de vino y bodegas. Algo propio del lugar.
Se acercó a la señorita para darle sus datos. Mientras la joven tecleaba rápidamente en su ordenador, Alicia observaba atenta lo que la rodeaba. Se encontraba algo nerviosa, porque aún no conocía a su jefe. Vio que la chica hacía una llamada de teléfono, y sin darle tiempo a sentarse a esperar, apareció un señor mayor bajando la escalera.
Su aspecto nada tenía que ver con la imagen que Alicia había perfilado en su cabeza. Pensó que sería un señor con mirada severa, fundido en un traje caro, cincuentón canoso pero atractivo y con cierto aire altivo. Pero lo que se encontró fue la imagen opuesta. Se trataba de un señor muy entrañable, con andares lentos y algo encorvado. Parecía tener ya los sesenta años, pero lo ocultaba muy bien bajo su sonrisa. Desde que se asomó por la escalera no lo había dejado de hacer. Alicia lo observaba porque siempre le llamaba la atención la manera de comportase de las personas. No le gustaban los hipócritas que la sonreían por ser una chica joven y guapa, pero tratar de forma maleducada al resto. Su jefe se mostraba tan encantador con ella como con la secretaria.
Enrique se aproximó a Alicia tendiéndole la mano. Su expresión de buena persona la enterneció. Eso le hizo reducir sus nervios, porque lo que veía, le daba confianza. Por el momento, todo lo que había encontrado en su camino le gustaba. Parecía que las cosas salían bien por si solas. O a lo mejor era porque cuando llegó a Asturias no esperaba nada, es decir, que se dejó sorprender, no había puesto ningún empeño en nada especial y dejaba que la vida surgiera, sin planificar. No se había imaginado un trabajo ideal, quiso esperar a ver qué se encontraba. No quiso pensar que haría magníficos amigos, pero alguno ya había encontrado. Ni quiso pensar que tendría problemas con su casa, por eso tal vez no se había tomado muy mal el pésimo estado en el que se encontraba. Estaba contenta porque las cosas le estaban saliendo bien con ese pensamiento optimista.
- ¿Alicia? –le dijo tendiéndole la mano-.
- Sí, soy yo. Encantada –respondió-.
- Igualmente. ¿Qué tal en Asturias? Venías de Madrid, ¿verdad?
- Sí, llegué en el fin de semana, y no he tenido ningún problema para adaptarme. Ésto es precioso.
- Sí, lo es. Y a quien no lo conoce, le sorprende tanto verde jajajaja –era muy risueño y sus carcajadas, sonoras-.
Le comentó a Alicia que aquel día no harían nada, sólo se iba a limitar a enseñarle la empresa. Aunque su trabajo se iba a desarrollar en un principio en el laboratorio, Enrique quería que lo aprendiera todo, desde la plantación y recogida de la uva, hasta el almacenamiento y embotellado. La venta posterior del vino, le preocupaba menos. Siempre había pensado que el mejor enólogo era aquel que se había involucrado en cada parte del proceso. Él incluso empezó recogiendo uva con sus propias manos. Así era como alguien tomaba conciencia de la importancia de cada paso. Un fallo en un momento dado podría ser clave y echar a perder todas las propiedades de un buen vino y de los siguientes que partieran de él. Y no quería que eso ocurriera con los que él fabricaba.
No descartaba la posibilidad de que Alicia, más tarde, aprendiera otras cosas o que dejara el laboratorio. Quería llevarla a los viñedos para que viera con sus propios ojos lo que allí se hacía. Ahora era buen momento, porque se estaba recogiendo la uva. Mientras se montaban en el coche para ir a las plantaciones, Enrique le contaba que la época en la que se recoge la cosecha, era entre finales de septiembre y el mes de noviembre. Que había muchos tipos de uva. Unas eran destinadas para la elaboración del vino, otras para mosto o incluso para el consumo en mesa. La diferencia entre una y otra clase de vid residía en su contenido en azúcar y en su aroma.
Alicia escuchaba atenta toda la explicación. No sólo por que ahí desarrollaría su futuro, si no porque le resultaba un tema muy interesante. Siempre le había llamado la atención el vino, pero en muy pocas universidades españolas se podía estudiar como carrera. Ampliar sus conocimientos en este terreno lo podía hacer mediante algún máster o metiéndose de lleno en una empresa como en la que estaba.
Siguió con su explicación. Al llegar le comentó a Alicia que había tenido que cultivar parte de la uva en invernadero. La variabilidad del clima era nefasta para la vid. Si llovía mucho, la maduración de la uva daba lugar a cepas más ácidas de lo normal. La sequía, por el contrario, hacía madurar antes, dando vinos más dulces. La función del agua por tanto, era un factor importante, ya que tiene que ver con una óptima maduración que asegure una buena relación entre el azúcar y el ácido contenido en la planta.
Enrique se quedó en silencio un rato antes de seguir. Se quedó mirando sus viñedos con la mirada perdida. Se sentía a menudo frustrado por el tiempo. No podía hacer nada para que todas las condiciones fuesen favorables. Le superaba tener que coger uvas del invernadero para hacer sus vinos, era una clara diferencia en el sabor, en el aroma... prácticamente en todo, para él. En esos casos no probaba ni un vaso de su propio vino. Pero no hizo partícipe a Alicia de estos pensamientos.
La acercó a la bodega. Era espectacular, un espacio inmenso. Recogiendo la uva pudo ver muchos trabajadores, pero en la bodega sólo había uno, Máximo. Se saludaron con la mirada. Enrique les presentó mientras comprobaba la temperatura de las barricas, por eso no pudo darle la mano.
- Este hombre te enseñará todo lo que tienes que saber sobre la crianza del vino –dijo Enrique-.
A solas le pidió a Alicia que no menospreciara la sabiduría de Maxi –así era como lo llamaba todo el mundo-. Aunque era un hombre de campo que no tenía estudios, había dedicado su vida al vino. Y además de ser un amigo para él, era la persona que más conocimientos poseía sobre enología.
Enrique no le dio más explicaciones sobre la crianza, y ella lo sintió mucho. Estaba siendo un profesor estupendo, aclarándole a cada momento las dudas que le surgían. Sólo le mencionó de pasada que la madera con la que estaban echas las barricas, era de roble. De ahí su nombre “Vino De Roble”, y casualmente coincidía con su apellido. A él le gustaba presumir sobre eso. Decía que desde que nació estaba destinado a ese trabajo. Nadie lo podía negar.
Durante toda la mañana siguieron juntos. Tomaron una café en la bodega, rodeados de vino. Las barricas se encontraban almacenadas en la parte inferior. Era importante conservar la temperatura durante la crianza. Pero en el piso superior había una barra de bar donde un camarero daba a probar el vino a todo el que se acercaba. Era algo cotidiano el que llegaran gentes de muchos lugares para estudiar el trabajo de la vid. Incluso se organizaban excursiones para turistas extranjeros que atendían entusiasmados las explicaciones de Maxi, pero más pendientes del vino que más tarde les ofrecerían.
Cuando terminaron, Enrique quiso hacer la última parada en el laboratorio. Quedaba en un edificio cercano a la bodega, pero aislado. Allí tendría que estudiar que las propiedades del vino fueran buenas, que estuviera en perfectas condiciones antes de salir al mercado. Como además era la única empresa en la región que se dedicaba a la calidad de vino, le llegarían muestras de otras partes de Asturias para su análisis. La legislación era muy rigurosa, y no cumplir las normativas podría significar un problema grave.
Al llegar al laboratorio era como lo había imaginado. Un espacio rectangular con una encimera grande en el centro. Los instrumentos estaban distribuidos por ella y el material cuidadosamente colocado en sus vitrinas. Los reactivos necesarios se disponían en unas baldas colocadas en la parte central de la encimera. Pero los más peligrosos o los que requerían condiciones especiales, estaban en armarios alejados de la luz.
De una salita adyacente, apareció un chico joven, de unos 28 años. Enrique le presentó como el analista que le ayudaría a preparar los análisis. Ella sería el cabeza pensante, y él quien se ocupara de llevarlo a cabo. Su nombre era Pablo.
Después de un rato de charla sobre lo que harían en el laboratorio, se despidieron hasta el día siguiente. Sus primeros pasos allí se iban a basar en la búsqueda de los mejores procesos de análisis para que fueran lo más económicamente rentable posible a la par de dar resultados cuantitativamente razonables.
Enrique llevó a Alicia hasta su casa, porque sabía que no tenía coche todavía. Era algo que iba a necesitar porque el laboratorio no estaba cerca. Podría ir en bicicleta, pero no se lo recomendaron, pronto empezaría a hacer frío y con la lluvia todo se encharcaría, impidiéndole el paso.
Una vez en casa, le dio tiempo a pensar en todo lo que había aprendido, y lo mucho que le iba tocar trabajar. Pero se sentía contenta, le gustaba mucho la enología y el ambiente que se respiraba en toda la gran empresa, le había animado. Todos parecían a gusto con lo que hacían y por cómo les trataba Enrique.
Se dio una ducha para relajarse. Después se preparó algo de comida, todo el paseo le había abierto el apetito considerablemente. La tarde la tenía que dedicar a comprar. Al fin era lunes y las reservas que le había llevado Roberto se empezaban a agotar. Y también sería buena idea hablar con la casera para tocar todos los puntos negativos que había visto en la casa.
Se tomó un café rápido antes de salir de casa, pero mientras lo hacía se leyó unos papeles que le había dado su jefe sobre algunos análisis y referencias bibliográficas que le serían de ayuda, por eso se le hizo algo tarde, y cuando se dio cuenta de la hora que era, se marchó rápidamente al súper. A la vuelta se encontraba tan cansada, que decidió dejar lo de su casera para el día siguiente.
Acababa de terminar de meter la compra en el frigorífico cuando se desplomó cansada en el sofá. En ese instante, sonó el teléfono.
-¿Alicia? Soy Roberto…
-Hola, qué alegría… mira que tengo cosas que contarte.
-Ah, ¿sí? ¿Quedamos a tomar un café?
-La verdad, es que estoy rota. Creo que necesito una cura de sueño. Mi mente y mi cuerpo llevan mucho tiempo desbocados.
-De acuerdo, tranquila. Entiendo lo que me quieres decir. Nos vemos mañana entonces. Eso sí… no tienes más remedio que decirme qué tal ha ido todo en tu lugar de trabajo.
- Sé que es pronto para decirlo, pero me he sentido muy arropada.
- No sabes lo que me alegra oír eso. Esa fue mi primera sensación al llegar aquí, creo que es buen síntoma… pero nadie mejor que tú para decidirlo.
-Claro! Jajajajjaja. Nadie mejor que yo.
_Nos vemos entonces.
-Nos vemos.
-Una cosa Alicia… hoy no sé porqué te he echado de menos. Debe ser que hablas mucho y hoy estaba todo en silencio.
Roberto, siempre que decía algo serio o significativo para él, se reía después. Tal vez para quitarle solemnidad a sus palabras, puede que para que el contenido de lo que había dicho no sonase tan intenso en los demás como en él. Le gustaba mojarse en las conversaciones pero luego era un maestro escapista, era posible que obedeciese a cierto grado de timidez o de introversión. A Alicia le parecía muy graciosa esa forma de ser, incluso le despertaba un instinto de protección que no sabía explicar muy bien.
Mil besos!
Los dos colgaron muy despacio y se quedaron mirando el móvil en silencio con el rostro pensativo.