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Cap. 4 Mamen1![]() Cuando se cerró la puerta tras él, aceleró su vuelta. Iba pensativo, ensimismado al recordar todo lo que había ocurrido a lo largo de ese día. Tuvo la sensación de sentirse abatido, vacío. Cabía la posibilidad de que se hubiese hecho demasiadas ilusiones, pero… ¿con una desconocida? Se le iría de la cabeza, de eso creía estar seguro. De todas formas, no había nada que hacer, y eso facilitaba todo.
No era dado a ese tipo de arrebatos. Él era de las personas que van conociendo y asimilando las cosas con tiempo, de modo relajado. No le gustaban los huracanes de vida. Descubría con calma, así podía controlar las cosas, y sentir el equilibrio que tan cercano a la armonía se ubica. Lucas intentaba llamar su atención. Se le iba cruzando a lo largo del camino, daba pequeños trotes, y le esperaba con algún ladrido invitándole a seguirle algo más deprisa.
Pasó por delante de la cafetería, y decidió entrar a tomar un café. En ese momento se encontraba Mamen. Era esbelta, de ojos profundos y mirada lejana. No pertenecía a un mundo concreto. Ni se adaptaba al patrón de mujer de esa localidad, ni podía adaptarse al patrón de ciudad. Vivió a las afueras de Madrid, en el seno de una familia humilde. Más tarde se casó, pero su proyecto de familia hizo aguas con un marido que desconocía lo que significa la palabra responsabilidad, zafio e insensible. Abandonó su casa una noche, después de ser vejada y agredida por él. Huyó con su bebé de ocho meses, una niña preciosa a la que adoraba y que le dio toda la fuerza necesaria para abandonar la cloaca en la que se había convertido toda su vida.
Subió en el primer tren que salía de Madrid, y se bajó en el primer sitio donde despertó. Era ese pueblecito asturiano. Entró en la cafetería y dijo: - Quiero trabajar, me sirve que me deis de comer y un sitio para dormir. La niña no es traviesa, es muy tranquila. Tendré todo muy limpio y ordenado. El dueño -que era un señor ya mayor, sin familia y al que ya le costaba llevar solo el café- la miró y le dijo: - Mira, no pierdo nada. Mañana comienzas. De acuerdo, probamos!. Ella sonrió con satisfacción y firmeza. Como si sellase un pacto con la mirada y garantizase que no se arrepentiría.
Desde el comienzo su trabajo fue formidable. Todo en el café cambió. Dio un ambiente acogedor y confortable. Limpió a fondo todo el local. En sus ratos libres se recreaba en ir incorporando cortinas, pequeños recipientes con flores, macetas con plantas de vivos coloridos en las ventanas. Se dedicó a pulirlas y barnizarlas. Poco a poco iban pasando los días y la niña crecía entre los cuidados y el cariño de todos. Parecía que el dueño del café fuese el abuelo de esa simpática promesa de vida. A escondidas jugaba con ella haciendole de rabiar. El café se fue transformando en el centro de reunión de todo el pueblo. Al mes de estar allí ya tenía un sueldo fijo, más de lo que hubiese soñado pedir. El dueño era agradecido y sus ingresos se habían multiplicado por mucho desde que ella había impreso su huella en ese pequeño mundo de encuentros y ocio.
Los sábados y domingos por la tarde, Mamen preparaba unas tapas de huevos rellenos, boquerones en vinagre, emperador con tomate… y todos bajaban a tomar algo y charlar. La vida transcurría tranquila. El aire corría por sus pulmones sin asfixiarla, se sentía útil y querida. La niña había heredado su decisión, si decía que no a algo era que no. No cabía darle más vueltas.
Muchos en el pueblo pensaban que era madre soltera. No se explicaban si no, cómo su marido no las había buscado. Ella no contestaba a eso. Si le preguntaban, ella se encogía de hombros y fingía no entender el motivo. Aunque la realidad era otra. La noche que se marchó, dejó escrita una nota en la que decía: “Ya no soporto todo esto más, pero eso lo sabes. No puedo dejar que me sigas enterrando estando viva. A pesar de todo… te deseo suerte. Sé cuidar de las dos. Te he dejado un poder para que puedas vender nuestra casa si lo necesitas. Por favor, no me busques… es lo único bueno para los tres. Adiós”
No hablaba de su pasado. Se saciaba con el presente. Había desaparecido de su rostro esa mirada de sueños anémicos con la que aterrizó en el pueblecito. Se había borrado ese miedo de sus ojos cada vez que preguntaban por ella o se abría la puerta del café a deshora. Muchos de los hombres jóvenes y maduros de aquel lugar ya habían intentado salir con ella, conocerla mejor, cuidarlas. Tenía algo en sus ojos, en su forma de callar. Sería la expresión tan cargada de secretos, ese halo de misterio que la rodeaba. Aunque todo daba igual, Mamen era reticente a comenzar una historia con alguien, notaba que le faltaba aire si intentaban acercarse demasiado.
Con Roberto no tenía esa sensación. Era distinto. No la agobiaba porque era distante y cercano al mismo cierto. Con él podía hablar de lo que fuese y su cercanía era liberadora. No imponía formas de ser, de pensar, cánones de conducta… 22/05/2008 22:11 #. Tema: Fue en ese café...(Novela). Comentarios » Ir a formulario |
Silencios y pasiones...Inspiración es ese beso apasionado entre la realidad y los sueños.
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