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Cap. 3 El encuentro![]() La mañana del sábado asomó soleada y tranquila. Roberto se levantó animado por esos rayos calientes que le tocaban. Entró en el baño para lavarse cara y dientes. Se quitó el pijama de forma entretenida -mientras comprobaba si era necesario afeitarse- y lo dejó colgado en una percha fijada en la puerta del baño. Sacó del armario un pantalón corto y una sudadera para ir a correr. Se puso calcetines de deporte y deportivas. Ya más espabilado y al trote bajó a la cocina y se bebió un zumo de frutas que había licuado. Lucas le seguía moviendo el rabo a ambos lados de forma agitada, parecía un parabrisas un día de lluvia intensa, miraba fijo todo lo que él hacía.
Los dos salieron a correr como todas las mañanas, pero los fines de semana eran especiales. Había mil cosas por hacer, todas entretenidas y relajadas. Mientras corrían iba enumerando mentalmente todo lo que iba a hacer esa mañana. Fue saludando a sus vecinos de parcelas más abajo -que estaban faenando-. Unos removían la tierra en la huerta y añadían algo de abono. Otros lanzaban comida a las gallinas y les cambiaban el agua. Los que tenían vacas tenían que limpiar los abrevaderos y dejarlas pastar. El aspecto de los animales era muy saludable por que en esas zonas tan verdes no faltaba alimento nunca.
Recordó que una cabra estaba a punto de parir y que debería bajar a hacer una visita. En ese momento desvió el camino. La casa no le quedaba muy lejos. Nadie podría imaginar al verle, la sensación de libertad que él experimentaba cuando atravesaba esos paisajes. Algunos al saludarle, sacudían la cabeza de un lado a otro sonriendo, como si se negasen a comprender qué podía sacar con eso. Lo que quedaba claro es que adoraba esa localidad aunque no conectase con ellos en la forma de saborear la vida. Los unía el amor por ese escenario, su sol, su lluvia, sus verdes mezclados con dorados en Otoño, esa alfombra crujiente que a Lucas le ponía los nervios atacados al pisarla y sobre la que se tumbaba –boca arriba- con todo el cuerpo intentando callarla al aplastarla con su enorme lomo.
Enseguida llegó, y saludó a Hilario y a su mujer. Los dos se alegraron de verle, y le condujeron a la zona cubierta que tenían en el pequeño corral. Le ofrecieron tomar algo, un aperitivo, pero les dijo que a esas horas no le entraba nada. Y lo agradeció con una sonrisa. Se dio cuenta de que el parto había comenzado. El animal jadeaba tumbado, tenía la boca entreabierta y asomaba la lengua a un lado. Al tocar la panza del animal pudo comprobar su rigidez, las contracciones eran regulares. Cogieron el coche de Hilario y se marcharon a la consulta para recoger guantes, hilo, tijeras, agujas quirúrgicas etc… Al regresar, él se enfundó sus guantes e introdujo los dedos en el canal del parto pudiendo tocar la cabecita del pequeño animal. Fue aprovechando las sucesivas contracciones para expandir la salida con sus manos. Pronto asomó, y todo apuntaba a resultar más fácil. Cuando lo tuvo en sus manos. Lo sacó de la bolsa uterina, cortó el cordón umbilical cosiéndolo, miró bien que no quedase ningún trocito de placenta y le hizo una pequeña reanimación. Se fijó en que no tuviese mucosidad en la boca para que no se ahogase y le estuvo frotando un ratito el cuerpo para que entrase en calor y poder escucharle. Era encantador verlo tan frágil pero tan lleno de vida. Su madre lo acariciaba con la lengua de forma desenfrenada, parecía que lo fuese a desgastar. Después de hablar un buen rato con sus vecinos – les indicaba que si le daban un poco de caldo la subida de leche sería más rápida- Roberto se despidió de ellos, pero Hilario se ofreció a acercarle a casa.
Una vez en casa puso música clásica y se metió en la ducha. Estaba contento, todo había salido bien y le apetecía ir a la cafetería y comentárselo a Mamen. Además una tapa de esas que preparaba ella siempre entraba con un vinito. A Lucas le dijo que se portase bien y que se quedase en casa que no tardaría. Sabía que le entendía perfectamente, porque el animal dejaba de mover el rabo y se sentaba con mirada triste mirándole fijamente. Lucas sabía que en ocasiones eso daba buen resultado. Y esta vez, parece que tuvo suerte, pero se fue con la condición de quedarse en el coche el ratito que Roberto estuviese en la cafetería. Pareció no importarle, el caso era acompañarle a todas partes.
Sobre las 13.00 h., entró en la cafetería. Algo que no había contado nunca a nadie era todo lo que le molestaba esa primera bofetada de humo al llegar. Saludó a todos y Mamen -correspondiéndole con un gesto- le sonrió. Él se acercó y le dijo que la música que le había grabado le había gustado mucho. Ella se alegró y le preguntó que qué le apetecía tomar. Sin pensarlo él respondió que un vinito y ese emperador con tomate que estaba tan bueno. Ella se echó a reír porque ya lo había preparado y se lo estaba poniendo en la barra. Degustó el vino antes de pinchar el aperitivo.
En ese momento, hizo su aparición en la cafetería una chica joven con dos maletas de ruedas que le dificultaban algo el paso. Tenía un aspecto atractivamente desaliñado y aventurero, con aire de decisión. Cruzado, a modo de bandolera, llevaba su bolso. Vestía unos vaqueros ajustados, un híbrido entre bota y deportiva en tono cámel, un impermeable rojo abierto bajo el cual asomaba una camiseta blanca ceñida a su cuerpo. Era alta y delgada, muy proporcionada. Se acercó a la barra y preguntó si conocían la calle Torino. Les comentó que se llamaba Alicia y que se quedaría a trabajar en el pueblo en el departamento de calidad de vinos y que en esa calle tenía alquilada su casa.
Roberto se presentó como el veterinario del pueblo y le dio dos besos. Mamen le secundó y le deseó mucha suerte. La invitaron a tomar algo y después él se ofreció para enseñarle los sitios estratégicos del pequeño pueblo y acompañarla a su casa. Mientras charlaban, él observó sus manos, hablaban mucho de ella. Era una persona a la que le gustaba mucho cuidarse, pero sus uñas cortadas y sin pintar aportaban otro dato, era muy práctica y discreta. Le gustaba la comodidad y huía de exaltar la feminidad a través de ornamentos. Pero sabía como enfatizar aquellas partes de su cuerpo que más le gustaban. Su pecho era muy bonito, sin ser ostentoso. Parecía ingrávido y compacto. Era morena y sus ojos verdes, lo que le daba un toque muy exótico. Cuando miraba parecía examinar todo, aunque eso no llamó mucho la atención ya que acababa de llegar y era lógico que estuviese muy expectante. Era de movimientos rápidos pero elegantes, y parecía decidida. Se pidió una cerveza sin alcohol. Más que bebérsela la devoró. Llegó acalorada, cansada y sedienta. Miró a Roberto y le dijo: “Cuando quieras…! –hizo un gesto de apremio mirando el reloj-. Eso te pasa por ofrecerte! Jajajaja” . Los tres se rieron y abonando la consumición, se despidieron de Mamen y también -en general- del resto-. Después abandonaron el local.
Él se acercó a su coche para que Lucas pudiese acompañarlos. Le abrió la puerta y el animal salió haciendo cabriolas. Eso le hizo mucha gracia a Alicia, que le chocaba en un animal de aspecto tan fiero una actitud tan acachorrada. -¿qué edad tiene?- preguntó. – Lo encontré en el monte solo y herido pero por los dientes creo que unos dos años aproximadamente. -¿Ves? Todos los días se aprende algo nuevo! Jajaja…
Ella siguió comentándole cosas de camino a su casa: que se quedaría por un tiempo indefinido. Se suponía que un mínimo de un año o dos. Su impresión del pueblo había sido muy positiva aunque le confesó que sentía el frío que ocasiona lo desconocido. Siguió contándole que la casa no la conocía aún, que todo lo había gestionado con una inmobiliaria a través de internet.
Él lanzó una pregunta que a él mismo le sorprendió: -¿Dejas algo en Madrid que te escueza un poco más de lo normal? -Vaya, veo que eres directo… pues mira, no lo sé… Él pisando la conversación dijo: - Hemos llegado! -Ey! La casa es más bonita de lo que creía! ¿Quieres verla? -Claro, si quieres, ¿Cómo no? -Ella sacó de su mochila el juego de llaves y abrió la puerta. Ésta emitió un chirrido al abrirse, parecía sacada de una película de las de terror. Roberto se adelantó a los pensamientos de ella. Le comentó que con la humedad eso era algo muy habitual, que usase cualquier aceite industrial y quedaría nuevo. -ok!, contestó. Él empujó las dos maletas hacia dentro. Todo estaba oscuro y cerrado. Olía a humedad ligeramente, llevaba tiempo cerrado y habían tenido muchos días de lluvia. Al abrir los cierres vieron que los muebles estaban cubiertos de sábanas blancas y algunas mantas. Él la ayudó a quitar todo y abrieron las ventanas. Mientras movían el polvo, Lucas lanzó dos estornudos seguidos. Expiró con fuerza, de golpe, como si algo le estuviese haciendo cosquillas en la nariz y sacudió la cabeza. De nuevo se echaron a reír. La cocina era pequeñita, pero muy graciosa y genialmente distribuida. Alicia entraba y salía de una habitación a otra, diciendo lo bonito que quedaría todo cuando lo dejase a su gusto. El suelo era de tarima, eso le encantó. Solía andar descalza con enormes calcetines de lana. Ella estaba siendo abordada por una sensación de independencia que era nueva en su vida, y notaba que le gustaba. Roberto -apoyado en el marco de la puerta- admiraba ese brillo tan infantil que iluminaba su mirada y permanecía callado sonriendo y asintiendo. Le encantaban las personas apasionadas y en ella veía muchos sueños contenidos desde hacía tiempo. Se preguntaba si sería capaz de descubrir los que realmente eran prioritarios para sentirse feliz. Mientras ella abría los armarios de la cocina para saber qué tipo de utensilios tenía que comprar, él se había embarrado en una reflexión. Se daba cuenta de que ella con 25 años parecía una niña, llena de ilusiones, de fuerza, de inquietudes y misterios, que guardaba secretos… En cambio, las chiquitas de allí, de la localidad, parecían mujeres. Sin secretos, sin fantasías –no al menos de aquellas que pudiesen llamar la atención de una persona como Roberto-, con un sentido del humor casi ausente, con un sentido del pudor extraño. Basado en el que dirán más que en sus sentimientos. Incluso la forma de vestir, aunque pretendía ser moderna, no colgaba de ellas con naturalidad. Esa inquietud, le hizo pensar que es una suerte nacer en una ciudad, donde te despiertan la vocación de ser descubridores del mundo. Esa fiebre que desata los impulsos e inyecta de brillo la mirada. En la zona rural, faltaba ese afán por la fantasía, por el entusiasmo, por el juego. Él sabía que otros no necesitaban tantas historias para interesarse por una chica, pero eso no le quitaba el sueño. Nunca quiso caer en la trampa del conformismo, tenía claro que vivir a medio gas acaba asfixiando. Alicia chasqueó los dedos delante de sus ojos, y sus pensamientos se diluyeron de forma veloz. -¿Vemos la parte de arriba? Alguien te tiene sorbido el pensamiento, ¿eh? -Jajajaaa…No, yo creo que soy así de distraído. -Tengo muchas cosas que comprar, qué desastre! Y creo que está cerrado. -Hacemos una cosa: Vemos los dormitorios y el baño. Después nos vamos a mi casa y coges lo que necesites. Tengo de todo. Los vecinos son demasiado agradecidos, y me obsequian de forma exagerada. Pensarán que un chico solo se muere de hambre. Acéptalo, se me pondrá mala la mitad de la comida. Casi me haces un favor. -¿Cómo se supone que debo agradecer todo eso? -Ejemm… puedes pagar en especias si quieres… jajaajjaja -Ya decía yo que eras demasiado encantador, menudo peligro! Subían la escalera para visitar los dormitorios. El primero estaba genial, el baño era muy aceptable, pero el segundo, más amplio, tenía una enorme mancha en el techo aún húmeda con aspecto enmohecido. El colchón, que quedaba justo debajo, se había mojado entero quedando inservible. Ella decidió cerrar la puerta y llamar más tarde a la dueña para informarla de lo que sucedía. Roberto le subió las dos maletas a los dormitorios. Ella le dijo que tenía que arreglarse. -El viaje había sido muy largo y necesitaba ducharse para ser persona. -No te preocupes por mí, de verdad… después tomo cualquier cosa en la cafetería. -No me preocupo, pero mañana tampoco abren. Mira, me voy. Duchate y te relajas un poco o si quieres vas colocando las cosas. Me acerco dentro de una hora y te traigo lo que pille por ahí. Prometo irme después rapidito para que descanses… lo de cobrarte en especias… puede esperar… jajajaja Ella se rió mucho y asintió. -Le apetecía mucho hacer su cama para poder acostarse pronto y tener todo ordenado.
Quedamos en eso. No te preocupes por mí. Cerraré bien la puerta. Nos vemos!
Se dirigió con Lucas hacia su coche para irse a casa. Una vez allí merodeó por la cocina y fue echando en una cajita todo aquello que le podía gustar. Metió dos litros de leche, aceite, sal, medio bizcocho, huevos, salchichas, quesos de tres tipos –tenía mucho queso, para dar una recepción-, jamón serrano. También tenía pan, no el suficiente, pero eso le daba igual. Podía pedirle a Mamen. Se acordó de que tenía cuatro jamones –jamón serrano- en casa y cogió uno para ella y otro para Mamen. Era imposible comerse todo eso. Recordaba que ella había mencionado que no tenía cazos ni sartén para cocinar y cogió un utensilio de cada antes de marcharse. Introdujo todo en el asiento del copiloto, delante y se marchó hacia su casa. Cuando llegó, estuvo llamando un ratito sin querer resultar pesado –dejaba intervalos de tiempo en silencio- Alicia abrió la puerta con aspecto muy cambiado. El pelo lo tenía recogido, muy informal -con dos agujas largas cruzadas detrás en algo similar a un moño-. Se la notaba más relajada y concentrada en él. Ahora lo miraba directamente a los ojos y mostró enorme sorpresa al ver el cargamento que entraba por la puerta en brazos de Roberto. Se había difuminado ese aroma infantil que le vio la primera vez. Ahora, su mirada lo ponía algo nervioso y no sabía porqué. Se sintió atraído por ella. Llevaba una camiseta de algodón roja con escote y unos pantalones de estar por casa que parecían tener un tacto asedado. Andaba con calcetines, por eso le dijo: -Si piensas entrar, hazlo. Si no me quedaré congelada! -No, mira… llevo mucha prisa y tu estás cansada. Eso sí, quedas invitada a conocer la localidad a caballo si te interesa… - Claro que sí! –De nuevo afloró en ella esa faceta infantil que la hacía tan especial. Aunque su imagen, con un aspecto más maduro y sereno, le acompañaría muchas noches en sus pensamientos. En ocasiones, es la casualidad la que escribe nuestro destino, otras lo forjamos nosotros. Él más bien creía que se trataba de un equilibrio de las dos cosas. -Bien, entonces nos vemos a las 9 de la mañana. Yo pongo los caballos, jajaaja -Ya me estas preguntando que qué pongo yo… si capto la indirecta. Pues mira, yo pongo la conversación. ¿Qué te parece? -Me parece estupendo, es muy generoso por tu parte. Jaajajjajaja. Nos vemos Alicia! Hasta mañana! Ah!! Una cosa… lleva botas de montaña! -No tengo. -Bueno, tengo unas que no he estrenado. Uso el numero 43, supongo que tu gastas el 40, ¿no? -Sí. Oye, ¿Cómo lo sabes? -Eres alta. No aparentas un pie enorme, ni tampoco pequeño. Te pones un calcetín muy grueso y se te acoplarán genial. -Nos vemos! Cierro! -ok, … que … muchas gracias por todo. -Nada de gracias, disfruto haciéndolo. No he nacido para los cumplidos, soy demasiado egoísta. Chao! Descansa!
Llegó a casa y se dejó caer en el sofá. Cogió el mando a distancia de su televisor que estaba encima de la mesa de café y comenzó a revisar el contenido de cada uno de los canales de televisión. Lo dejó en la segunda cadena, solían emitir documentales muy interesantes y clásicos del cine. Recordó que no había comido y se levantó para ir a la cocina. No le apetecía hacer uso de la sartén y cogió queso, lo cortó y lo pusó encima de unas tostadas de pan. Después las pasó por el microondas, fundiéndolas. También cortó en rodajas un tomate, y le añadió clérigos. Después lo puso todo en pan con unos filetes de jamón serrano y añadió aceite de oliva. Sacó también agua mineral y se sentó a comer. La verdad es que no le gustaba nada de lo que había en la televisión y cuando terminó se tumbó un ratito a dormir. Realmente andaba algo alborotado con la llegada de Alicia. Su amigo Lucas no dejaba de observarle. No tenía la actitud reposada de siempre, esa armonía a dos estaba en alerta. -Ey Lucas! ¿qué te pasa? ¿nos vamos a dar un paseo? El animal respondió con un baile de cadera. Entonces Roberto le rodeó la cabeza con su brazo simulando una llave de artes marciales, con la otra mano le daba palmadas en el pecho. Mientras Lucas intentaba darle besos con la lengua, pero no le alcanzaba y se ponía muy nervioso.. -No Lucas… jajajaja, eso no. Sé que la intención es buena, pero no me pones! Los dos bajaron a visitar a los caballos. Roberto los sacó un ratito para asearlos. Les bajó unas zanahorias que no duraron nada. Luego los estuvo cepillando. Le gustaba que estuviesen siempre limpios. Eso evitaba muchas enfermedades de contagio ente los animales, y también plagas. Les puso alfalfa para que comiesen. Después se le ocurrió que podía dar una vuelta por el campo y recoger plantas aromáticas. Las que tenía en casa ya habían perdido la intensidad de su olor.
Además, le gustaba asomarse al puente y ver como iba la pesca. Ya le rondaba la idea, desde hacía días, de ir a capturar algunos peces -no tenía nada que ver el sabor de las truchas de allí con otras que se podían comprar-. Además, esa compenetración que debía existir entre pescador y pez era apasionante: Una especie de pulso mental. Había que ponerse en lugar de la trucha: en qué lugar del río estaría más cómoda, qué pensaría del anzuelo que le llegaba -era muy importante que el cebo estuviese bien puesto. Sin una apariencia natural, el pez pasa de largo, piensa que la mosca está muy enferma o que algo anormal ocurre-. Era un deporte que tenía mil cosas que lo hacían interesante. Cuando llegó al puente. Desde donde estaba no vio a nadie pescando. Lo normal es que hubiese algún pescador entretenido en sus pensamientos pasando la tarde. La pesca en río es muy bonita por sus lanzamientos, son de enorme belleza. Suaves, de lado y serpenteantes. La mosca debe posarse de forma natural en el agua y es entonces cuando la trucha que anda por ahí sube a superficie a comérsela.
Siguieron andando. Lucas iba dando trotes a ratos y olfateaba todo lo que encontraba a su paso. De repente se puso a ladrarle a un matorral que había junto a un árbol. Roberto se acercó con cuidado y comprobó que era un ejemplar muy bonito de tortuga de tierra. Estaban protegidos por encontrarse en peligro de extinción. -Vamos Lucas! Vamos! Fue cogiendo unas matas de hierbabuena y emprendieron el regreso. Al llegar, lo primero que hizo fue preparar lo que necesitaba para el día siguiente: fue al armario zapatero. Sacó dos pares de botas de montaña, calcetines gruesos, unos pantalones vaqueros, camiseta de manga larga y forro polar. Después, cuando acabó de cepillar a Lucas, se aseó, puso música clásica y se sentó relajado a leer un libro. Mientras, se fue bebiendo un vaso de leche. Pero le fue entrando más apetito y se levantó para asarse una pechuga de pollo que hizo tacos añadiéndolos a una ensalada de tomates cherry, con lechuga, lomos de atún, zanahorias ralladas, y aceitunas negras. Era muy generoso añadiendo aceite puro de oliva, y muy tacaño con la sal. A veces incluía también ajos tiernos o cebolla francesa, y huevo duro. Siempre cocía varios para las ensaladas. Se sentó junto al televisor, y se distrajo con un programa resumen de lo acontecido durante la semana en Asturias. Después de cenar, fue quedándose vencido, como otras noches… -el libro se le cayó abierto encima del pecho-, y así dormía en el sillón hasta que alertado por el frío se despertaba y mirando el reloj se iba a la cama con los ojos medio cerrados, de la misma forma se lavaba los dientes si es que antes no lo había hecho, pero no encendía la luz del baño. Lucas le seguía todo el tiempo, llevaba el mismo ritmo, parecía igual de adormilado que Roberto y en la misma actitud de no querer despertarse.
Pronto amaneció. El sol de nuevo tocaba los sueños, ya ligeros, de él. Poco a poco se desvanecían para ir adentrándose en la realidad. Y a juzgar por el abrazo que se llevó Lucas esa mañana, era un día muy especial para él.
Después de prepararse un enorme desayuno –siempre le caía algo a Lucas, aunque no fuese lo más adecuado para su salud, pero era imposible negarse-, salieron en busca de los dos caballos. Parecían saber que les tocaba paseo, les ofreció con la mano unas zanahorias que devoraron en segundos y comenzó a prepararlos para salir. Se acercó paseando con ellos a casa de Alicia, los llevaba por las riendas. Andaban muy tranquilos. Lucas iba delante, parecía un director de orquesta… y lo que más llamó la atención de Roberto es que pasó de largo la cafetería. Parecía saber donde iba. Ese tipo de cosas siempre eran tremendamente incomprensibles para él.
Cuando llegaron a casa de ella, llamaron. La puerta se abrió rápidamente y apareció enormemente ilusionada. Llevaba unos vaqueros ceñidos, pero elásticos. En la parte de arriba una camiseta blanca asomaba bajo un jersey de pico. Le caía de forma relajada sobre su cuerpo, adaptándose a las líneas de su delgadez con elegancia, y marcando la rectitud de sus hombros. -¿Me das las botas? -Claro, perdona… -respondió al sentirse pillado en un despiste- Le acercó las botas y se agachó para ayudarla a calzarse. - No te preocupes, ya puedo sola! -ok. -lista! Cojo mi mochila y cierro la puerta.
Los dos subieron a los caballos. Ella no tenía técnica, pero se notaba que algo había montado, lo suficiente para defenderse holgadamente. Iba perfectamente sentada, sus manos descansando abajo, con las riendas destensadas. Protegiendo sus manos llevaba unos guantes, de estos que quedan seccionados a la altura de los dedos –eso para un día frío venía bien, pero con sol sería una incomodidad. Pero prefirió no comentarle nada para que se sintiese segura. Si se notaba incomoda, se los quitaría. Algo que le arrancó una pequeña sonrisa es el aspecto ligeramente desproporcionado de sus pies con sus botas. Lo innovador de hacer esa ruta, es que todo parecía distinto bajo las preguntas y la mirada de ella. Iban pasando por las calles de guijarros, en ellas los caballos parecían algo patosos, incluso para una persona no habituada la sensación era de que se escurrirían, las herraduras resbalaban entre las prominencias redondeadas del suelo y su sonido retumbaba con aroma de solemnidad. Pero ella no dijo nada. No abandonó su semblante de seguridad en ningún momento. Su rigidez solo se le intuía por la tensión de las piernas, estaban alertadas ante la posibilidad de una caída o situación anómala.
Pronto estaban metidos en el camino rural que les llevaría al monte. Iban contándose impresiones del lugar en su primer día. Pero hubo un momento en el que Alicia dejó de hablar. Todo un escenario espectacular se mostraba ante ella. Un paseo de árboles, dos largas filas a ambos lados del camino. Cogidos de la mano por sus ramas habían tendido un largo puente natural. Todo el camino cubierto de hojas secas parecía dar la bienvenida a la recién llegada. En silencio escuchaba como se proyectaban las herraduras sobre el camino ocre. Era un sendero de enorme belleza. El olor de la jara era intenso en esa zona. En el suelo se podía adivinar la presencia de conejos por el avistamiento de sus pequeños excrementos redondos de forma esporádica. En las copas de los árboles también se escuchaban distintos tonos de canto. El resultado era un bonito coro agradeciendo con entusiasmo ese bonito día de sol. Roberto rompió el silencio para preguntarle a Alicia si quería tomar agua. Ella asintió y él le acercó la cantimplora. Fue gracioso verla beber de allí. La levantó con sus manos y abrió la boca. Pero cuando la llenó de agua cerró sus labios y tragó, para volver a abrirlos de nuevo y así… repetir la operación.
Cuando salieron de ese puente natural cogieron el camino que llevaba en dirección al río. Allí cambiaban los sonidos, el paisaje, los olores, la luz era más intensa y brillante. El sonido era una especie de murmullo que adormecía. Pararon y los caballos bebieron. Un señor pescaba más arriba. Roberto se lo dijo a ella y le explicó que no era de la localidad porque iba con toda la indumentaria de pesca: caja de cebos, chaleco de pesca, pantalón impermeable, bota alta de goma, sombrero de pesca y guantes. La forma de lanzar era de una técnica envidiable. Ella entonces preguntó que cómo pescaban en el pueblo. Él no pudo evitar una enorme carcajada y disculpándose respondió que los lugareños iban con una gorra normal, con los pantalones más viejos, con las botas de limpiar los abrevaderos, y la técnica: que la trucha tenga hambre cuando vea el cebo. Ahí ella no pudo parar de reír, después de haber estado muy atenta a lo que él le decía. Lo veía tan serio para decir las cosas que siempre reaccionaba tarde ante las bromas y eso le daba mucha rabia. En ese momento recordó que se había dejado el móvil en casa y que a esa hora habría llamado su novio. Tuvo una impresión que la estremeció. Su sensación al pensar en él fue de rechazo. En ese momento Roberto le indicó con la mano que se acercase y algo la hizo sentirse diferente. Notó que al cogerle la mano para subir ese remonte algo cambiaba en ella. Se sentía genial en su compañía: le gustaba reirse de sus cosas, escuchar lo que decía, ver lo que hacía, como disfrutaba enseñándole rincones especiales, su forma de quedarse cortado, su risa frenada, su seriedad infantil.
A la vuelta, él le dijo que si quería ver su casa y tomarse un vino en el porche para descansar un rato. Ella le miró con decisión y asentimiento. A la vuelta iban despacio. Hablaban sin parar. Vistos desde fuera daban la sensación de parejita. Al llegar, dejaron los caballos atados en la barandilla que había en la fachada. Subieron las escaleras y Roberto invitó a Alicia a entrar. El salón estaba en penumbra. La luz incidía en él haciendo los dibujos redondeados de los cierres hasta que él los subió más.
A ella le pareció hermoso porque observaba todo dando su asentimiento. Ese olor a cera en la madera. Las flores frescas y salvajes coronando cada uno de los rincones de la casa. Todos esos libros. El rincón de su música. Ella en seguida dijo: - Tu casa tiene mucha personalidad, se te puede respirar. – Ah sí? … y cómo huelo? – Jajajajajajajaja… Mira, mejor saca el vino ya… – Bueno, vale! Se pasó a la cocina y cortó queso y jamón. También sacó unas olivas. Después apareció con una cubitera para la botella de vino y dos copas. -¿Brindamos? - comentó él -¿Porqué? -Por nuestro encuentro!! -Claro que sí: Por nuestro encuentro!! Él había puesto música de Serrat. De nuevo reanudaron la conversación y él le preguntó cómo llevaba el tema de su casa. Ella le dijo que estaba encantada, pero que ese olor a humedad no se iba hiciese lo que hiciese. De todas formas llevaba muy poco tiempo allí. Antes de salir a montar se había levantado a dar de nuevo cera a toda la madera y ventilar a ver si lo extirpaba de raíz. No tuvo éxito. Otra cosa que llevaba algo regular era dormir sola en esa casa. Por la noche se despertaba un mundo con un lenguaje engarzado entre puertas, tabiques, crujidos, chirridos, cañerías, alguna rama en la ventana, pasos huecos en la calle de madrugada. Todos iban agrandándose, creciendo en su mente, invadiendo su cama y destapandola. Llegaba a sentir vértigo del temor. Él se echó a reír y le dijo que conocía un remedio para eso. Ella lo observaba con cara de pocos amigos, intentando adivinar si era otra de sus bromas. La frase quedó en el aire y ella le dijo: - Pensarás que parezco una cría. - –No pienso eso. Solo sé que una casa antigua tiene muchos secretos que quiere contar demasiado deprisa, jajajajajaa. - Veo que te lo tomas a chunga… - No, no es eso… tengo una solución. Pero no te la diré hasta esta noche! - Ya. Ahora me saltarás con que vas a llamar a los cazafantasmas … - No, jajajajajaja… de verdad que no ¡! Llevaban la segunda copa, y ella tuvo curiosidad por conocer los dormitorios y baños. Tal como pensó toda la zona de arriba estaba presidida por su forma de ser. En el baño, todo lo que utilizaba se encontraba en una estantería de rincón. Su pijama en la puerta y una toalla colgada en la bañera. Miró su reloj e hizo un gesto de apremio por la hora. Hubo un instante en el que los dos se quedaron mirando en silencio. Al instante, Roberto se ofreció para acompañarla a su casa. Cuando llegaron Alicia bajó del coche con una sonrisa y se despidió hasta el día siguiente. Durante unos breves segundos se quedó de pie, inmovil observando como Roberto arrancaba el coche. 22/05/2008 21:53 #. Tema: Fue en ese café...(Novela). Comentarios » Ir a formulario |
Silencios y pasiones...Inspiración es ese beso apasionado entre la realidad y los sueños.
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